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Cuando el río cambia: En la era de los fenómenos climáticos extremos, el río Acre revela una Amazonía en transformación

Las inundaciones históricas y las sequías sin precedentes han comenzado a alternarse con mayor frecuencia en la cuenca del río Acre. Al recorrer el camino de las aguas, desde su nacimiento en Perú hasta la capital del estado, Río Branco, se observan los fuertes cambios en el paisaje de la nueva frontera agrícola que ayudan a explicar la inestabilidad del sistema hidrológico.

16/09/2026

Por: Izabel Santos y Steffanie Schmidt, de los Varadouros de Manaos; Fabio Pontes, de los Varadouros de Río Branco; y Alexandre Cruz-Noronha, de los barrancos del río Acre.

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Puente sobre el río Acre, fotografiado en julio de 2026 —al igual que la mayoría de las imágenes de este reportaje— en la frontera entre Brasil y Perú. Foto: Alexandre Cruz-Noronha/Jornal Varadouro*

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*Un «varadouro» es un sendero abierto en el bosque que conecta las distintas zonas de una plantación de caucho, y que utilizan los recolectores para llegar a los árboles de caucho, transportar el látex y recibir provisiones.

 

Antônio Chaves, de 82 años, jubilado y también residente del municipio de Brasiléia, señala el lugar donde estaba su casa, a orillas del río Acre, destruida por la inundación de 2023. El terreno se encuentra en una zona que, según él, albergaba una cancha de fútbol y espacios de convivencia frecuentados por la comunidad. «El agua lo arrasó todo», resume, al recordar la fuerza de la corriente, capaz de arrancar los taludes del río y llevarse todo lo que encuentra a su paso.

También recuerda otro cambio que, para él, ayuda a explicar la sensación de que el clima ya no es el mismo. Según el habitante, las olas de “friaje” —masas de aire frío que llegan a la Amazonía desde el sur del continente— solían durar mucho más tiempo. “Cuando era niño, pasábamos ocho días, a veces hasta dos semanas de ola de frío. Ahora hace dos días de frío y ya se acabó. Los animales morían [de frío], hasta los pajaritos», recuerda.

 

Antônio Chaves, a orillas del río Acre. Foto: Alexandre Cruz-Noronha/Jornal Varadouro

 

A pocos metros de allí, la comerciante María Yzabele Silva comparte una percepción similar. «Antes, se inundaba cada 10 años. Ahora, a veces, se inunda cada dos años. No se puede predecir». El río siempre ha subido y bajado; ese es el comportamiento natural de las aguas. Pero, en los últimos 15 años, ella ha visto cómo las inundaciones y las sequías comenzaron a manifestarse con una intensidad y frecuencia cada vez mayores. María intenta explicar qué, en su percepción, ha cambiado. «Esto es muy triste», dice. «Creo que es la contaminación, ¿no? No sé… Creo que la gente está contaminando mucho el río», afirma.

La preocupación de esta habitante local refleja una realidad que viven miles de personas a lo largo de la cuenca del río Acre. Desde 2012, grandes inundaciones han desplazado a familias en diferentes municipios y, poco después, han sido seguidas por sequías severas que han afectado el abastecimiento de agua, la pesca y otras actividades que dependen del río.

La dependencia del río deja a la capital, Río Branco, vulnerable a ambos extremos. En las crecidas, la fuerza de la corriente puede comprometer la estructura utilizada para captar agua; en las sequías, las bombas deben funcionar ante niveles cada vez más bajos. En una de las inundaciones, una de las plataformas flotantes que sostenían las bombas de la Estación de Tratamiento de Agua (ETA 2) fue arrastrada por la corriente y quedó atrapada en el Puente Metálico, en la zona central de la capital del estado de Acre, lo que comprometió gran parte del abastecimiento de la ciudad.

En Río Branco, donde hay mayor visibilidad política y mediática, la población fue testigo, en una década, de cómo el río Acre superó niveles históricos de inundación y, posteriormente, alcanzó niveles históricamente bajos y críticos durante la sequía. Pero no fue el único: el Purús y el Juruá, otros ríos importantes del estado, también vivieron el mismo proceso. La diferencia es que el río Acre afecta a una población más numerosa a lo largo de su curso, ya que más de la mitad de la población del estado vive en la cuenca y depende directamente de sus aguas.

La antigua cauchería Empreza —anteriormente territorio boliviano— se convirtió en ciudad y su proceso de urbanización se aceleró a partir de la década de 1970, cuando miles de familias fueron expulsadas de la selva por los llamados «paulistas» —personas del sureste y del sur de Brasil que emigraron a la región— durante el proceso de “bovinización” (transformación hacia la ganadería) de la Amazonía en la dictadura militar. Muchas familias construyeron sus casas —o chozas— a orillas del río en barrios como Cidade Nova, Bairro do 15, Baixada da Sobral, Taquari y otros; regiones que hoy se clasifican como zonas de riesgo por estar más expuestas a las inundaciones y a los deslizamientos de tierra.

Ni siquiera el centro histórico —desde donde se expandió el crecimiento de Río Branco— sale ileso de los movimientos del río. Las inundaciones y sequías constantes y cada vez más intensas provocan el desmoronamiento de espacios turísticos como el malecón Calçadão de Gameleira y el Mercado Viejo, lugares donde —en décadas pasadas— atracaban las grandes embarcaciones procedentes de Manaos y Belém que traían mercancías y personas a la pujante capital del estado de Acre. A la vuelta, bajaban por el río cargando piedras de caucho. Hoy el río ya no permite ese tipo de navegación. Las carreteras construidas en la Amazonía durante la dictadura aceleraron la deforestación y contribuyeron a que el río dejara de ser fuente de estas actividades y a reducir su uso para el abastecimiento. 

 

Vista aérea de Brasiléia y del río Acre. Foto: Alexandre Cruz-Noronha/Jornal Varadouro

 

En Río Branco, la regla instalada a orillas del río se ha convertido en un símbolo de esta vida cotidiana: es a través de ella que muchos miden el año según la intensidad de la crecida o la gravedad de la sequía. En los barrios a orillas del río, las marcas de agua en las paredes dan una idea de la gravedad de las últimas crecidas. En muchos barrios aún se presenta el fenómeno de la «tierra caída», el desmoronamiento de las riberas debido a las subidas y bajadas del agua, que se traga casas, comercios, calles y toda la historia de una ciudad que surgió hace más de un siglo en los barrancos del río Acre.

Los puentes que conectan el primer distrito con el segundo de la ciudad sustituyeron la antigua figura del barquero y sus barcas (catraias), que llevaban a los habitantes de Rios Brancos de una orilla a otra y quedaron inmortalizados en la canción del sambista acreano Da Costa: «Barquero, rema, llévame al otro lado; muchacho, sujeta bien el remo, no dejes que la barca se vuelque, porque yo no sé nadar».   

Un entorno que ha cambiado y se ha transformado a lo largo de las últimas décadas. En los alrededores de la ciudad, la selva ha desaparecido. Las plantaciones de caucho dieron paso a las grandes haciendas ganaderas.

El río Acre es la principal fuente de abastecimiento de los municipios del valle del Acre, donde vive más de la mitad de la población del estado, y forma parte de una cuenca transfronteriza que conecta a Perú, Bolivia y Brasil. A pesar de su importancia social, económica y ambiental, el río enfrenta un proceso acelerado de degradación desde la década de 1970, provocado por la deforestación de los bosques riparios, la expansión de la ganadería y el cultivo de soja, la explotación maderera y el uso de agrotóxicos, que llegan a sus afluentes y comprometen el agua que consume la población. 

Las consecuencias pueden traspasar las fronteras nacionales: las sequías y las inundaciones afectan a ciudades brasileñas y localidades vecinas en Perú. Las cabeceras de la cuenca también sufren presiones, que afectan a territorios indígenas y áreas ocupadas por pueblos aislados. En Acre, cuatro áreas protegen oficialmente a los pueblos indígenas en aislamiento voluntario: las tierras indígenas Kampa y Aislados del Río Envira, Alto Tarauacá y Riozinho del Alto Envira, además del igarapé (quebrada) Taboca Alto Tarauacá, bajo restricciones de uso. En conjunto, suman 636 mil hectáreas, el 26% de las tierras indígenas del estado. En Perú, los departamentos de Ucayali y Madre de Dios reúnen 2,3 millones de hectáreas en cuatro territorios indígenas destinados a estos pueblos: Madre de Dios, Isconahua, Murunahua y Mashco Piro.

En 2012, el río alcanzó los 17,63 metros, lo que en ese momento fue el segundo nivel más alto de la serie histórica, dejando sumergido cerca del 90% del área urbana de Brasiléia. El municipio tiene 26 mil habitantes —es la sexta ciudad más grande del estado—, se encuentra en la frontera con Bolivia y limita con la ciudad de Cobija. Tres años después, en 2015, alcanzó los 18,40 metros y provocó la mayor inundación jamás registrada en Acre, lo que afectó a más de 102 mil personas — el equivalente al 11,5% de la población o una de cada diez personas en el estado. En 2023, una nueva crecida volvió a figurar entre las más grandes de la historia. Pocos meses después, en septiembre de 2024, el río registró el nivel más bajo desde que comenzaron las mediciones, en 1971: apenas 1,23 metros.

En solo doce años, el río Acre registró cuatro de las crecidas más grandes de su serie histórica (2012, 2015, 2023 y 2024), además de récords consecutivos de sequía en 2022 y 2024. Y 2024 fue un año de extremos, con sequía y crecida en el lapso de un año. La sucesión de estos eventos revela una alternancia cada vez más rápida entre crecidas excepcionales y sequías severas, lo que hace que la población de la cuenca viva en constante expectación ante el próximo evento extremo.

El río Acre nace en la región amazónica de Madre de Dios, en Perú, atraviesa zonas de selva, pastizales y asentamientos rurales, al tiempo que actúa como divisoria entre tres países; ingresa a Brasil por Assis Brasil, en la frontera con Perú; pasa por Brasiléia, Epitaciolândia, en la frontera con Bolivia, y Xapuri —donde nació el famoso líder sindical de la industria del caucho y ambientalista Chico Mendes— hasta llegar a la capital del estado de Acre. 

Luego, sigue su curso hasta desembocar en el río Purús, que recorre 3382 kilómetros hasta desembocar en el río Amazonas, conectando diferentes paisajes, poblaciones y formas de ocupación a lo largo de más de mil kilómetros.

En este reportaje publicado por Varodouro como parte del proyecto Aguas Partidas, una colaboración entre periodistas y científicos latinoamericanos, promovida por el Instituto Serrapilheira, de Brasil, y por el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP), investigamos cómo los drásticos cambios del río Acre afectan la vida de las comunidades ribereñas y urbanas en una de las regiones donde la agricultura se expande rápidamente en la Amazonía.

 

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Infografía: CLIP

Las huellas de un río que ha cambiado

A primera vista, la tranquila calle de Assis Brasil no revela las huellas dejadas por las inundaciones que, en los últimos años, han transformado la rutina de decenas de familias. Para Dona Maria das Neves, de 52 años, quien vive en la región desde hace dos décadas, las grandes inundaciones rompieron una historia de convivencia aparentemente segura con el río. «Cuando llegué aquí, el río estaba muy cerca de la casa y no se desbordaba. Ahora se seca más de lo que solía y se desborda más de lo que solía», recuerda.

 

 

Según ella, la primera gran inundación ocurrió en 2012 y tomó por sorpresa a toda la comunidad. Hasta entonces, a pesar de vivir a orillas del río, nunca había enfrentado una inundación de tal magnitud. Sin tiempo para sacar sus pertenencias, perdió materiales de construcción, muebles y parte del pequeño negocio que tenía junto a su casa. Desde entonces, la llegada del invierno —como la población llama al período de lluvias en la Amazonía— pasó a significar miedo. “Cuando empieza el año, el miedo ya es total. Vemos cómo se acerca el agua y sabemos que podemos perderlo todo de nuevo”, relata.

En términos sencillos, el nivel del río Acre sigue el régimen de lluvias de la cuenca. Los períodos de lluvias intensas aumentan la cantidad de agua que llega al río y pueden provocar desbordamientos; durante las sequías prolongadas, el caudal disminuye y el nivel puede alcanzar marcas críticas. Esta relación, sin embargo, no depende únicamente de cuánto llueve. La forma en que el agua llega al río y circula por la cuenca también influye en su comportamiento, una relación que se abordará más adelante. En las sequías más severas, en puntos cercanos a las cabeceras, en la frontera con Perú, hay tramos en los que es posible cruzar el río a pie.

Para quienes viven a orillas del Acre, otro cambio perceptible se da en el calendario de las lluvias. Lo que durante años sirvió de referencia para organizar la vida y la producción ya no parece tan predecible. Las primeras lluvias del llamado «invierno amazónico», que antes se esperaban entre finales de septiembre y principios de octubre, pueden tardar más en llegar, lo que prolonga el período seco.

Los recuerdos de Doña María acompañan estos cambios. Ella cuenta que, cuando llegó a la región, el bosque ocupaba una parte mucho mayor del paisaje aledaño. Con el paso de los años, vio cómo el bosque perdía terreno frente a las áreas abiertas. «Antes solo había bosque. Hoy solo hay campo», resume.

En diciembre de 2025, el río Acre superó, por primera vez en 50 años en ese mes, el nivel de desbordamiento en Río Branco, de 14 metros. “En todo nuestro historial de 55 años de monitoreo, observamos que solo una vez hubo desbordamiento en el mes de diciembre, el 26 de diciembre de 1975”, afirmó en esa ocasión el teniente coronel Cláudio Falcão, coordinador de la Defensa Civil Municipal. “Tuvimos una situación similar en diciembre de 2019, cuando el río alcanzó los 13,78 metros”.

Más dolorosa que las pérdidas materiales fue la tragedia familiar vivida durante una de las inundaciones más recientes. Mientras intentaba salvar los bienes de la casa, el  esposo de María das Neves, quien era diabético, se sintió mal tras el esfuerzo físico y el estrés provocado por la rápida subida de las aguas. Lo llevaron al hospital, pero no sobrevivió. Al recordar ese momento, ella resume el sentimiento que le queda: «Después logré limpiar la casa y poner las cosas en su lugar. Pero él ya no estaba. Nada de lo que hiciera lo traería de vuelta».

 

Doña María das Neves con su hija. Foto: Alexandre Cruz-Noronha/Jornal Varadouro

 

Al reflexionar sobre las causas de los cambios observados a lo largo de los años, la señora María das Neves asocia el aumento de las inundaciones a la deforestación, al calor cada vez más intenso y también a la acción humana. «Antes solo había bosque. Hoy solo hay campo. El clima ha cambiado mucho. Muchas cosas que hace el ser humano están mal», afirma. 

En su relato, la experiencia cotidiana se entremezcla con la fe, que le sirve de apoyo ante las pérdidas y la incertidumbre. Su testimonio revela cómo los cambios ambientales van más allá de los impactos físicos de las inundaciones y afectan profundamente la vida, la memoria y la historia de las familias que viven a orillas de los ríos.

 

Indígenas manchineri navegan en canoa en la región de la triple frontera entre Bolivia, Perú y Brasil, en julio de 2026. Foto: Alexandre Cruz-Noronha/Jornal Varadouro

 

Dragas de extracción de arena en el río Acre, entre Brasiléia y Epitaciolândia, en julio de 2026. Foto: Alexandre Cruz-Noronha/Jornal Varadouro

 

Inundación en Brasiléia, en 2023. Foto: Alexandre Cruz-Noronha/Jornal Varadouro

 

Río Acre en el municipio de Xapuri, en julio de 2026. Foto: Alexandre Cruz-Noronha/Jornal Varadouro

 

Lo que la ciencia ya sabe sobre los cambios en el río Acre

Desde sus cabeceras, en la región peruana de Madre de Dios, hasta su desembocadura en el río Purús, el río Acre atraviesa una región que ha sufrido profundas transformaciones en las últimas décadas. Parte de su cuenca se encuentra dentro de Amacro, un territorio formado por 32 municipios de Amazonas, Acre y Rondônia, y que se ha convertido en uno de los principales frentes de expansión agropecuaria de la Amazonía brasileña.

La región se caracteriza por la expansión de la ganadería y el cultivo de soja, la deforestación y el uso de agrotóxicos. La triple frontera entre los estados también es escenario de conflictos por la tierra, con denuncias de apropiación ilegal de tierras y violaciones de derechos humanos. Los cambios en el uso de la tierra afectan áreas cercanas a los ríos y a los manantiales que alimentan la cuenca del Acre.

Los registros hidrológicos muestran que los cambios no se limitan al paisaje. Un análisis realizado por el científico ambiental Renan Cassimiro Brito a partir de datos de la Agencia Nacional de Aguas y Saneamiento Básico (ANA) encontró indicios de alteraciones en el comportamiento de los ríos asociados a la región de Amacro en las últimas dos décadas. El estudio reunió 63 estaciones de medición de caudal y 102 estaciones pluviométricas que cumplían con los criterios de calidad y continuidad de los registros.

Entre las estaciones que miden el caudal de los ríos, 31 —casi la mitad de las 63 analizadas— mostraron una tendencia significativa a la baja. En otras 19 no se identificó una tendencia estadísticamente significativa, mientras que 13 registraron un aumento. Los resultados no apuntan, por lo tanto, a un comportamiento uniforme en toda la región, pero muestran que la disminución del caudal se observa en una parte significativa de los puntos monitoreados.

Otra señal se observa en la duración de las sequías de los ríos. El análisis midió cuántos días consecutivos el caudal permaneció por debajo de un límite considerado bajo para cada estación, calculado a partir de su propio historial. En 34 de las 63 estaciones, aumentó el tiempo que los ríos permanecieron en esa condición. En los registros más recientes, esos períodos llegaron a superar los 50 días.

También se identificaron meses en los que el caudal se alejó mucho del comportamiento esperado para esa época del año. A lo largo del período analizado, se registraron 687 casos clasificados como anomalías graves y 105 como extremas, con concentraciones importantes en años como 2012, 2013, 2014, 2015, 2016, 2018 y 2024.

Los datos de lluvia ayudan a comprender parte de este comportamiento, pero no ofrecen una explicación única. De las 102 estaciones pluviométricas analizadas, 33 presentaron una tendencia significativa a la reducción de las precipitaciones. En las demás, no se identificó una tendencia estadísticamente significativa a la disminución.

La diferencia llama la atención: mientras que la reducción de las lluvias se observó en cerca de un tercio de las estaciones pluviométricas, la caída del caudal se identificó en casi la mitad de las estaciones fluviométricas. Las dos redes no cubren exactamente los mismos puntos del territorio y, por lo tanto, la comparación no permite establecer una relación directa entre la precipitación y el caudal. Aun así, los resultados muestran que el comportamiento de los ríos no puede explicarse únicamente por la cantidad de lluvia.

Es precisamente en este territorio donde el paisaje también ha cambiado a un ritmo acelerado. Entre 2000 y 2024, Amacro perdió cerca de 5,2 millones de hectáreas de formaciones forestales. El área pasó de 39,4 millones a 34,2 millones de hectáreas. En el mismo período, los pastizales aumentaron de 2,4 millones a 7,6 millones de hectáreas, un avance también cercano a los 5,2 millones de hectáreas, según datos de la plataforma MapBiomas.

La transformación se produjo en las tres partes de Amacro, pero a diferentes escalas. En la parte de Acre, se perdieron cerca de 948 mil hectáreas de formaciones forestales, mientras que los pastizales aumentaron aproximadamente 942 mil hectáreas. En el sur de Amazonas, la pérdida alcanzó 1,7 millones de hectáreas de formación forestal, mientras que los pastizales avanzaron 1,74 millones de hectáreas. Rondônia concentró el mayor cambio: hubo 2,57 millones de hectáreas menos de formación forestal y 2,48 millones de hectáreas más de pastizales.

La presión sobre el bosque llega hasta las riberas del río. Un análisis hecho por Varadouro, con datos del Programa de Monitoreo de la Selva Amazónica Brasileña por Satélite (Prodes), del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (Inpe), señala que cerca de 4.500 de las 11.670 hectáreas de bosque ribereño del río Acre dentro del estado ya han sido destruidas, lo que equivale a aproximadamente el 40% del total. La pérdida no se produjo de la misma manera a lo largo de la cuenca. En Epitaciolândia, alcanzó el 58 %; en Río Branco, el 43%; en Capixaba, el 35%; en Xapuri, el 33%; y en Puerto Acre, el 32%.

Entre 2008 y 2023, se talaron otros 141,2 kilómetros cuadrados de vegetación nativa en una franja de hasta un kilómetro de las riberas del río, y la mitad de esa pérdida ocurrió después de 2018.

El agrónomo Evandro Ferreira, doctor en ciencias botánicas por la City University of New York e investigador vinculado al Instituto Nacional de Investigaciones de la Amazonía (INPA) y a la Universidad Federal de Acre (UFAC), explica que la eliminación de la vegetación de las riberas deja el suelo más expuesto a la erosión. Cuando llueve, parte de ese material es arrastrado hacia los cursos de agua, lo que aumenta la cantidad de sedimentos y contribuye a la colmatación. Con la acumulación de sedimentos, algunos tramos del lecho pueden volverse más poco profundos.

Los indicios de degradación de la cuenca ya preocupaban a los investigadores antes de la más reciente sucesión de inundaciones y sequías sin precedentes. En un artículo publicado originalmente en 2014 y actualizado diez años después, Ferreira alertaba sobre el riesgo de escasez de agua en el este de Acre. Esta parte del estado concentra cerca del 70% de la deforestación registrada en Acre, aunque representa solo el 22,5% de su territorio. Es también en esta región donde se encuentra la cuenca del río Acre, responsable de drenar aproximadamente el 90% del este del estado y en cuya zona de influencia viven cerca de 500 mil personas.

Sin embargo, los datos no permiten concluir que la deforestación sea responsable de las inundaciones o sequías extremas registradas en los últimos años. El análisis hidrológico identifica tendencias y anomalías, pero no determina sus causas. Del mismo modo, la reducción de la selva y el avance de los pastizales ocurrieron en el mismo territorio y en el mismo período, pero esa coincidencia no basta para establecer una relación de causa y efecto.

Lo que se desprende de los diferentes estudios es una región en transformación. Parte de los ríos presenta una disminución en el caudal, los períodos de bajo caudal son más prolongados en decenas de estaciones y los episodios severos y extremos aparecen repetidamente en las series históricas. Al mismo tiempo, millones de hectáreas de formaciones forestales han desaparecido y los pastizales han avanzado sobre la cuenca del Amacro.

La pregunta que queda es qué parte de estos cambios en el comportamiento del agua está relacionada con las alteraciones climáticas y qué parte puede estar asociada a las transformaciones ocurridas dentro de la propia cuenca.

Según los investigadores, la fragmentación del bosque altera procesos fundamentales del ciclo hidrológico. La vegetación funciona como una infraestructura natural: intercepta parte de la lluvia, favorece la infiltración del agua en el suelo y libera esa agua gradualmente hacia los ríos. Con la pérdida de esta cobertura, el agua tiende a escurrirse más rápidamente durante las lluvias y a permanecer menos tiempo disponible en el sistema durante los períodos secos. Las quemas recurrentes refuerzan este proceso al degradar el suelo y reducir su capacidad de retención de agua.

«Los datos no permiten establecer una relación directa de causa y efecto entre la deforestación y eventos específicos de inundaciones o sequías. Pero muestran que estamos observando cambios simultáneos en el uso de la tierra, en el comportamiento de las lluvias y en indicadores hidrológicos importantes», dice Renan Cassimiro Brito, científico ambiental y doctorando en geografía física de la Universidad de São Paulo (USP), además de integrante del programa de formación en ecología cuantitativa de Serrapilheira. «El desafío científico es comprender hasta qué punto estos procesos están conectados».

Haz clic aquí para descargar la metodología completa del análisis

La dimensión transfronteriza de la cuenca amplía este desafío. Parte de las transformaciones ocurre en las cabeceras del río Acre, en territorio peruano, lo que exige analizar la cuenca como un sistema único.

«Los ríos no reconocen fronteras políticas. Lo que ocurre en las cabeceras puede tener repercusiones cientos de kilómetros más abajo. Por eso es fundamental tener en cuenta toda la cuenca y no solo el tramo del río que se encuentra dentro de Brasil», dice Natale Dias, bióloga de la Universidad Federal de Paraná (UFPR) y también participante del programa del Instituto Serrapilheira.

Esta conexión quedó evidente durante la crecida de 2024. En febrero, el río Acre alcanzó los 15,83 metros en Cobija, Bolivia, lo que constituyó un récord histórico, y afectó a más de 2.300 personas, entre 15 y 18 barrios y tres comunidades rurales. Al otro lado de la frontera, en Acre, Brasiléia también quedó inundada, dejando aislado a alrededor del 75% del municipio. 

La recurrencia de las inundaciones llevó a las autoridades bolivianas a discutir obras de contención en la ribera de Cobija, ubicada justo frente a Brasiléia, mientras que expertos y autoridades de Acre comenzaron a cuestionar qué efectos podría tener una intervención realizada en un lado de la frontera en el otro.

La inestabilidad de las aguas también afecta al campo, como ocurrió en 2023, cuando los agricultores ribereños de la zona rural de Río Branco perdieron sus cultivos y su ganado durante la crecida. Meses después, se enfrentaron a la situación opuesta: una sequía severa, acompañada de altas temperaturas, afectó los cultivos de plátano, yuca y maíz. Algunas familias comenzaron a depender de camiones cisterna para obtener agua potable. Antes de que hubiera tiempo para recuperar por completo lo que se había perdido, una nueva inundación azotó la región a principios de 2024.


La experiencia que va más allá de los datos

Antônio Chaves, de 82 años, no necesita recurrir a los datos para decir que percibe cambios, pues recuerda los friajes que duraban una semana o más, las riberas que fueron cediendo ante la fuerza del agua y las inundaciones que comenzaron a alcanzar lugares antes a salvo. En Brasiléia, señala el lugar donde estaba su casa, destruida por la inundación de 2023.

Para quienes viven a orillas del río, las consecuencias son más inmediatas. Las inundaciones significan sacar los muebles, abandonar la casa, perder los cultivos y esperar a que baje el agua. En la sequía, surgen otros problemas: falta de agua, dificultades para producir y un río cada vez más bajo. En los últimos años, muchas de estas familias han tenido poco tiempo para recuperarse de un extremo antes de que llegara el siguiente.

Antônio conoce bien esta secuencia. Después de la inundación de 2023, regresó al lugar donde había construido su vida y se encontró con un paisaje diferente. La casa ya no existe. Frente a él, permanece el río Acre. Un río de extremos. 

Aguas Partidas

Este proyecto es resultado de una colaboración entre periodistas y científicos latinoamericanos, impulsada por el Instituto Serrapilheira de Brasil y el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP), para explorar el ciclo del agua Atlántico – Amazonia – Andes y las disrupciones en los servicios ambientales que éste proporciona al continente.

 

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