Tras recorrer varios kilómetros hacia el sur por el río Orteguaza desde San Antonio de Getuchá, Adel Iles desvía la lancha por una quebrada que permanece escondida detrás de unos cuantos árboles en la ribera de este río, uno de los más importantes del Caquetá y que conecta de norte a sur a este departamento de la Amazonía colombiana.
Son los últimos días de julio y, aunque según el calendario ecológico del pueblo indígena coreguaje debería ser época de invierno, Iles, líder del resguardo indígena Jácome, dice que el nivel de la quebrada Jácome está tan bajo como en tiempos de verano, más propios del mes de diciembre. A lo largo de los casi cinco kilómetros que debe navegar desde el río Orteguaza hasta el resguardo, Iles y algunos miembros de la comunidad tendrán que bajarse de la canoa en repetidas ocasiones para empujarla en tramos en los que el agua apenas llega hasta la rodilla.

El recorrido desde el desvío en el Orteguaza hasta el resguardo, donde viven 135 indígenas coreguaje, no debería tomar más de una hora. Pero tras tres días de un intenso sol, el nivel de la quebrada, que no supera los cuatro metros de ancho, casi duplica el tiempo de viaje.
Mientras conduce la lancha, que avanza serpenteando lentamente, Iles señala dónde quedaba la laguna Puñuchiara, la más grande del municipio de Milán (el más cercano al resguardo) y que hace unos 20 años se terminó de secar luego de que los mayores la intervinieran décadas atrás buscando una ruta de transporte.

A la desecación de la laguna, que los dejó sin qué pescar, el líder indígena agrega la deforestación para la ganadería que se ha incrementado en los últimos años alrededor del resguardo y los impactos de un cambio climático que amenaza con secar las quebradas de las que dependen.
Periodistas de El Espectador, Mongabay Latam y del Correo del Caroní analizaron los cambios que han afectado al Orteguaza en las últimas dos décadas y a otros tres ríos amazónicos, con apoyo de científicos de MapBiomas y del programa de formación en ecología cuantitativa del Instituto Serrapilheira de Brasil. Lo hicieron como parte de la investigación Aguas Partidas, que coordinó el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP) en alianza con ocho medios de la región.
En total, esta alianza periodística analizó 722 microcuencas de cuatro países —el 62% de ellas territorio de al menos 96 pueblos indígenas— usando el análisis por microcuencas de la Red Amazónica de Información Socioambiental Georreferenciada (RAISG), a partir de datos de la plataforma MapBiomas Agua. Los resultados son contundentes:. Een Bolivia, las microcuencas con minería ilegal ganaron 21,5 % de superficie de agua en 25 años, mientras que las que no tienen ninguna minería perdieron 17,2%. En Venezuela, la superficie total de agua de los 98 ríos afluentes y los embalses en el Caroní cayó un 5,8%, según datos de MapBiomas Venezuela. Dado que más de tres cuartas partes del agua del Caroní está contenida por tres grandes centrales hidroeléctricas (Guri, Macagua y Caruachi), ese hecho enmascara una pérdida de agua significativamente más grande en los ríos. En Perú, el 99,7% del agua artificial nueva se concentra en 45 de las 84 microcuencas estudiadas, las que tienen minería legal e ilegal registrada.
En las cuatro cuencas, con la misma metodología, se repite un patrón más fino: una de cada seis microcuencas pierde agua natural y gana agua artificial al mismo tiempo, en el mismo lugar.
El Caquetá es, además, una de las cuencas con más presencia indígena del estudio: en el 68% de sus microcuencas hay territorios de al menos 50 pueblos, repartidos en 124 resguardos y tierras indígenas. El resguardo coreguaje de Jácome es uno de ellos.
El atajo que llevó a la escasez
Según el relato de algunos de los mayores de la comunidad, los primeros indígenas coreguaje (“gente sana”, en su lengua) que llegaron a las tierras del resguardo Jácome lo hicieron hacia finales de la década de 1950. Venían de Getuchá, una comunidad indígena cercana a San Antonio de Getuchá, en la zona rural del municipio de Milán, 30 kilómetros al sur de la capital departamental, Florencia.
Lázaro Ibáñez Moreno se presenta como “agricultor, motosierrista y sabedor” del resguardo indígena de Jácome. Fue de los primeros en nacer en el nuevo asentamiento. Ahora, con 58 años, recuerda que en su niñez todas las orillas del río Orteguaza y la quebrada Jácome estaban llenas de árboles y casi no había “playas”, como se refieren al lecho del río que queda expuesto por el bajo nivel del agua.

Tanto en el río como en la quebrada y en la laguna, Ibáñez asegura haber pescado sin dificultad lecheros y pintadillos (dos tipos de bagres) y plateados (un tipo de mojarra) de hasta 115 kilogramos. Adel Iles, de 36 años, recuerda haber capturado, junto a su padre, peces como cheos (Leporinus bimaculatus) y nicuros (Pimelodus blochii) de más de 50 centímetros, así como puñus (Serrasalmus eigenmanni), una especie grande de piraña que, por su gran población en la laguna, la comunidad terminó bautizándola Puñuchiara.
Aunque la laguna era la “más grande y hermosa” del municipio de Milán, como la recuerdan algunos mayores, tenía una desventaja: no era posible atravesarla desde la comunidad, pues no había un caño que la conectara con el río Orteguaza, lo que los obligaba a realizar un viaje más largo para poder llegar al río y posteriormente navegar hasta San Antonio de Getuchá, el poblado que todavía es el principal lugar de comercio y aprovisionamiento para la comunidad.
Hace unos 40 años, calcula Iles a partir del relato de algunos mayores, la comunidad organizó una minga y con palas y garlanchas trabajaron un par de meses en la apertura de un canal artificial para conectar la laguna con el Orteguaza. Con el tiempo, el canal se convirtió en un caño que ayudó a reducir el tiempo del viaje y el gasto en gasolina entre la comunidad y el río principal.
Sin embargo, con el pasar de los años (como se puede ver en la siguiente ilustración), la laguna se fue llenando de arena hasta que, aproximadamente hace 20 años, se secó por completo.
Changes in the area of the Puñuchiara lagoon between 1985 and 2024
La superficie de agua de la laguna superaba las 10 hectáreas en 1998, según datos de la plataforma MapBiomas, creada por un consorcio de organizaciones no gubernamentales de la Amazonía que mapea los cambios de uso de la tierra y la evolución de cuerpos de agua por múltiples presiones. Para 2024, su extensión solo llegaba a las 0,89 hectáreas.

ahora está dominada por pastos y un bosque incipiente. / Terumoto Fukuda.
Con la canoa detenida al borde del bosque en el que se convirtió gran parte de la laguna, Iles cuenta que “ahora es muy difícil encontrar una cucha (Hypostomus niceforoi) acá. Ni siquiera la mojarra (el plateado), que era de las que más abundaban. Y los nicuros se consiguen, pero por ahí de 15 centímetros, ‘chiquiticos’”.
Claudia Patricia Ibáñez, cacica (autoridad) del resguardo indígena que también formó parte de la comitiva que se organizó para visitar lo que queda de Puñuchiara, agrega que “antes había bastante pescado, pero hoy ya no se consigue”.
“Ya los niños casi no quieren pescar porque no se consiguen dentones (Hydrolycus scomberoides) ni bocachicos (Prochilodus nigricans). Solo quedan puras sardinitas”, continúa Ibáñez, refiriéndose a distintos tipos de peces que no superan los 10 centímetros.

Tras intercambiar algunas palabras con algunos de los mayores en coreguaje, el sabedor Lázaro Ibáñez resalta el impacto que este episodio ha tenido sobre la alimentación de la comunidad. Ahora, agrega, para poder pescar deben salir hasta el Orteguaza, lo que implica tener gasolina para la canoa con motor. Cuando no la hay, el viaje implica un par de horas de remo por cada trayecto.
Un problema en aumento
A inicios de la década de 1990, mientras la comunidad empezaba a observar cómo el canal artificial estaba secando la laguna, el extinto Instituto Colombiano de la Reforma Agraria (Incora) constituyó, de manera legal, el Resguardo Indígena Coreguaje Jácome, con un área inicial de poco más de 310 hectáreas.
Para mediados de esa década, calcula el mayor Ibáñez, la transformación de los terrenos que rodean el resguardo comenzó a ser más evidente. “Nosotros, anteriormente, mirábamos la montaña a la orilla del río”, señala, haciendo referencia al bosque tupido que llegaba hasta la ribera de la quebrada. “Pero luego el ganado ya venía tumbando todo eso y ahora se ve puro potrero y ya casi no quedan árboles”, agrega el sabedor.

Caquetá fue, junto al Putumayo, de los primeros departamentos de la Amazonía colombiana en vivir la introducción del ganado bovino hacia el siglo XVIII, según relata Roberto Ramírez Montenegro, sociólogo y profesor de la Universidad de la Amazonía, en un texto publicado en junio de 2024. La consolidación de la ganadería se dio a partir de la segunda mitad del siglo XX, con políticas de colonización impulsadas por el Estado colombiano y apoyadas financieramente por entidades multilaterales como el Banco Mundial.
Para ponerlo en perspectiva, desde 2001, cuando se tienen los primeros registros del inventario total de bovinos y bufalinos del Instituto Colombiano Agropecuario (ICA), Caquetá ha sido, por lejos, el departamento amazónico que concentra la mayor cantidad de cabezas de ganado, si se tiene en cuenta que no todos los municipios del Meta, departamento históricamente ganadero, hacen parte de la Amazonía. En 2001, en los seis departamentos que conforman esta región (así como en municipios de otros cuatro departamentos que la conforman), había poco más de 2,98 millones de animales. De estos, el 44,3 % y el 43,41 % se encontraban en Meta y Caquetá, respectivamente. En otras palabras, nueve de cada diez cabezas.
Si bien Caquetá ha sido históricamente ganadero —a diferencia del resto de los departamentos amazónicos—, en la última década su hato ha venido creciendo al mismo ritmo vertiginoso del resto de la Amazonía colombiana, como advierte un investigador de la Fundación para la Conservación y el Desarrollo Sostenible (FCDS), que pide mantener su identidad bajo reserva para evitar represalias.
En 2016, dice el investigador, “hubo un quiebre fundamental a partir de la firma del Acuerdo de Paz entre el Estado colombiano y la guerrilla de las FARC. Ese proceso generó toda una reconfiguración de actores, de poder y, en general, de dinámicas territoriales en la Amazonía”.
Desde ese año, organizaciones como la FCDS han identificado que el crecimiento del hato ganadero en los departamentos amazónicos y, sobre todo, en los municipios que hacen parte del Arco de Deforestación Amazónico que concentra la mayor pérdida de bosques (entre Meta, Guaviare y Caquetá) ha estado por encima del promedio nacional. En el caso concreto del Caquetá, entre 2016 y 2025, el hato ganadero aumentó un 72%, según las cifras publicadas por el ICA. Eso lo confirmó como el cuarto departamento con el mayor número de vacas del país.
La cacica Claudia Patricia Ibáñez, el sabedor Lázaro Ibáñez, Adel Iles, algunas mayores y jóvenes, discuten alrededor de un mapa del resguardo y los predios que lo rodean, donde se concentra la deforestación para la ganadería. Tras varios minutos de intercambio en lengua coreguaje, que domina las conversaciones entre los integrantes de este pueblo que se resiste a cambiarla por el español, Iles toma la palabra para traducir lo que han conversado.
De manera detallada, empieza a recorrer con su dedo los límites de su resguardo –que desde noviembre de 2024 comprende poco más de 1.000 hectáreas– para indicar con nombre y apellido los propietarios de las fincas que los rodean y en las que actualmente hay ganado. Después de destacar los terrenos del oriente, pasando por los del norte y llegando a los del occidente, Iles sintetiza el diagnóstico: “Mejor dicho, todo esto es potrero. Estamos rodeados de ganadería”.

La experiencia de la comunidad coincide con un análisis de imágenes satelitales de la última década realizado por científicos de MapBiomas.
De acuerdo con MapBiomas, en ese periodo ha habido una transformación progresiva del territorio en un área de cinco kilómetros alrededor del resguardo. “Mientras que en 2016 predominan coberturas boscosas relativamente continuas y homogéneas alrededor del resguardo, para 2024 se observa una mayor presencia de áreas claras, fragmentadas y heterogéneas, especialmente hacia los sectores norte, sur y suroccidental del área de influencia”, señala.
Esta transformación, agrega MapBiomas, “presenta patrones especiales que son compatibles con procesos de apertura y consolidación de áreas destinadas a actividades agropecuarias y pecuarias”. La interpretación espacial, continúan investigadores de la plataforma, adquiere mayor relevancia si al análisis se le agrega la evolución del inventario bovino registrado para el municipio de Milán: entre 2016 y 2025 arroja un aumento del 53,4 %.
Tras integrar los análisis de imágenes satelitales con las cifras del inventario bovino, MapBiomas advierte que “el período de mayor incremento del inventario bovino coincide temporalmente con la etapa en la que se hace más evidente la transformación de las coberturas”.
Luego de atravesar una espesa selva, en la que incluso cuesta avanzar por momentos mientras se esquivan las raíces de algunos árboles que sobresalen de la tierra, la llegada a un potrero en el que apenas se atisban un par de árboles marca el fin de los límites del resguardo. Se trata de las tierras de un colono que están dominadas por un pasto de altura irregular y cientos de chamizos que evidencian, como dice Iles, que hace algunos días se fumigó el terreno. Es el paso previo a la llegada del ganado.

Para ver el ganado, hará falta caminar por poco más de una hora atravesando varias fincas contiguas en las que no hay más que las casas donde viven los encargados de cuidarlas. Transcurrido ese tiempo, la comitiva indígena que acompaña este recorrido empieza a divisar en el horizonte algunos grupos de vacas. La mayoría, vistas desde la distancia, no supera las 15 reses.

Terumoto Fukuda
Para la comunidad indígena coreguaje, la deforestación y la ganadería no solo implican una afectación ecológica, sino también espiritual. El mayor Ibáñez resume el primer impacto de una manera sencilla: “Donde se tumban los árboles, se secan los lagos y las cabeceras, que es de donde sale el agua”.
Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), los bosques influyen en la regulación del caudal; la reducción de la erosión del suelo y la sedimentación de los canales; favorecen la recarga del agua subterránea y contribuyen al reciclaje del agua atmosférica, incluida la generación de nubes y las precipitaciones mediante la evapotranspiración.
Siguiendo esa línea, agrega la agencia de la ONU, la deforestación “puede determinar un aumento de la producción de agua a corto plazo, pero también puede reducir la producción anual a largo plazo, afectando los suministros de agua cercanos y distantes”.
En la microcuenca donde se ubica el resguardo —la de los ríos Orteguaza y Peneya— la superficie de agua se redujo en 2.573 hectáreas entre 2000 y 2023, según el análisis realizado para este especial. La deforestación, la ganadería y el cambio climático figuran entre los factores que podrían explicar esta disminución, aunque el análisis satelital por sí solo no permite atribuirle una causa.
La microcuenca que atraviesa Jácome es la que más agua perdió de todo el Caquetá colombiano, casi la mitad de su superficie en dos décadas. A diferencia de las cuencas amazónicas donde el agua desaparece por la minería, en esta, la pérdida va de la mano de la deforestación y la ganadería. En el conjunto de la porción colombiana del río Caquetá —las 167 microcuencas en territorio nacional— se perdieron 8.058 hectáreas de superficie de agua en ese mismo periodo, según el análisis realizado para esta investigación.
Cuando se mide el área de 1,5 kilómetros alrededor del resguardo (sin contar la laguna, que estaba un poco más lejos de ese perímetro), las cifras de MapBiomas Colombia indican que en 1998 había 9,65 hectáreas de superficie de agua. Para 2024, no superaba las 0,27 hectáreas.

El agua, continúa el mayor Ibáñez, también ha disminuido debido a que los espíritus que la cuidan (una gran serpiente, según la cosmovisión coreguaje) abandonaron los lugares donde solían estar, perturbados por la tala del bosque y la presencia del ganado.
Al aumento de la sedimentación de la quebrada Jácome, que impide el consumo por parte de la comunidad en algunos momentos del día, líderes del resguardo han percibido un cambio en el sabor y en la temperatura del agua, lo que ha llevado, incluso, a la suspensión del consumo en algunos puntos. “En algunos lugares no se puede tomar, y eso que nosotros nos mantenemos tomando agua de cualquier quebradita directa”, agrega Iles.

Aunque los indígenas del resguardo Jácome no cuentan con estudios que evalúen propiedades físicas, químicas o microbiológicas del agua que toman y que sirven para saber si es segura para el consumo humano, han observado la recurrencia en enfermedades como la diarrea y el vómito, así como la aparición de hongos en la piel. Sospechan que estos síntomas se deben a la sedimentación en la laguna, la contaminación del agua por las heces de los animales, así como por los químicos que usan en los predios ganaderos para fumigar y que caen o escurren en la quebrada.
Cuando el verano era verano
En las conversaciones en coreguaje que mantienen los indígenas del resguardo Jácome, se suelen colar jirones de español. “Cambio climático” es uno. Aunque su lengua materna no cuenta con una traducción para este término, Iles reconoce que su comunidad empezó a sentir los impactos de este fenómeno global hace varios años.
“Anteriormente, cuando era verano, era verano”, asegura el líder sobre la época que solía abarcar desde octubre hasta finales de abril. Y el “invierno”, agrega, que iba entre mayo y julio, “era invierno, no como ahora que hace sol varias horas y al rato llueve. Antes, el invierno era un tiempo de agua donde se desbordaban todos los ríos y todo era como un lago en esas montañas”. Agosto y septiembre eran meses de transición, conocidos en la región como “veranillo”.

“Ahora, con tres días de sol se seca la quebrada. Para verla en los niveles en los que está ahora [en julio], teníamos que esperar hasta diciembre, cuando ya habían pasado varios meses de verano”, dice Iles. Por estos días de finales de julio, el mayor Ibáñez, que también cumple el rol de armonizador en la comunidad, pide a los espíritus un par de días de lluvia para que el nivel de la quebrada aumente y permita la salida de los visitantes.
A finales de octubre de 2025, el Instituto Amazónico de Investigaciones Científicas (SINCHI), un centro de investigación estatal enfocado en la Amazonía colombiana, anunció los resultados de un estudio sobre vulnerabilidad y riesgo climático en el Caquetá. Aunque el estudio no es de acceso público, el SINCHI aseguró que subzonas hidrográficas como la del río Orteguaza, entre otras, “presentan un riesgo climático muy alto si se mantienen las actuales trayectorias de cambio climático, dinámicas de uso y transformación del territorio”.
Esta situación, apuntó el Instituto en un resumen de la investigación que fue enviado a este equipo periodístico, “se agrava por el incremento en la frecuencia de eventos extremos, olas de calor, sequías y lluvias más intensas en cortos periodos de tiempo, así como la pérdida acelerada de coberturas naturales —como bosques y humedales— que están siendo reemplazadas por pastos y cultivos”.
La intensificación de la frecuencia y la magnitud de eventos extremos, sumada a la impredecibilidad de los patrones climáticos, no solo ha alterado el calendario ecológico del resguardo indígena Jácome, sino que, como señala la cacica Ibáñez, también ha afectado profundamente la chagra, un espacio de cultivo para la soberanía alimentaria de la comunidad, que es, al mismo tiempo, vital para la transmisión de saberes a las nuevas generaciones, como lo define Tropenbos Colombia, una organización con más de tres décadas de experiencia en trabajo con comunidades indígenas de la Amazonia colombiana.
Tener épocas estables de verano e invierno permitía planificar las labores de preparación del terreno, siembra de semillas y cosecha de alimentos, cuenta la cacica. Ahora, es más difícil apegarse al ciclo de la chagra, que depende del calendario ecológico. La razón es que las sequías extremas y olas de calor han disminuido la resistencia de varios cultivos de los que dependen, como el maíz. “Todos esos cambios ahorita han llevado a que uno no tenga la misma seguridad que existía antes”, complementa Iles.
En el estudio del año pasado, el Instituto SINCHI recomendó, como una acción de prioridad urgente, que en la cuenca del río Orteguaza se avance en la recuperación de la cobertura vegetal con el ánimo de aumentar el tamaño y el número de parches de bosque.
Años antes de que el instituto científico llegara a esa conclusión, la comunidad coreguaje de Jácome ya había comenzado procesos de restauración ecológica, otro par de palabras que tomaron prestadas del español. El primer intento, hace aproximadamente una década, no obtuvo buenos resultados, recuerdan en la comunidad.
Hacia 2023, la comunidad empezó a recibir apoyo económico del Ministerio de Ambiente y capacitación del Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA), una institución pública de carácter nacional que ofrece educación técnica y tecnológica de manera gratuita, en procesos de restauración ecológica y establecimiento de viveros.

Además de las 120 hectáreas que destinaron exclusivamente a la restauración ecológica de la selva húmeda en esta región de transición entre los Andes y la Amazonia, la comunidad cuenta con más de 40.800 plántulas de 25 especies nativas, incluyendo frutales como el chontaduro, la uva caimarona, el marañón y la chirimoya, y maderables como el ahumado, el cedro y el perillo.
Si bien la comunidad está expectante con el proceso de restauración que adelanta, el mayor Lázaro Ibáñez y la cacica Claudia Patricia Ibáñez hacen un llamado al gobierno local y departamental para que les ayuden a establecer comunicación con los colonos que los rodean y que tienen ganado en las fincas. Ambos líderes señalan que, para proteger las fuentes de agua de las que dependen, los ganaderos deberían permitirles restaurar partes de las quebradas y nacederos que están en sus terrenos. Sin embargo, hasta el momento ese diálogo no se ha dado y aseguran que los vecinos han torpedeado las siembras que ha realizado la comunidad por fuera de los límites del resguardo, tumbando o fumigando las plántulas.

Para el investigador de la FCDS, el caso del resguardo Jácome rodeado por predios ganaderos devela “la aproximación contradictoria que ha tenido históricamente el Estado colombiano con la Amazonía”. Por un lado, destaca que el Estado promueva programas de conservación y restauración ecológica. Pero, al mismo tiempo, cuestiona que entidades estatales como el Fondo para el Financiamiento del Sector Agropecuario (FINAGRO) sigan entregando créditos agropecuarios dirigidos específicamente a la ganadería en zonas ambientalmente sensibles del país.
Entre agosto de 2018 y octubre de 2025, el Estado colombiano invirtió al menos 1,5 billones de pesos (unos 466 millones de dólares) en créditos para la ganadería en la Amazonía a través de Finagro, según una investigación periodística de La Silla Vacía publicada en febrero de este año. “Una actitud totalmente contradictoria”, asevera el investigador.
Finagro le indicó a esta alianza periodística que en los próximos días estará publicando los resultados de un estudio adelantado en conjunto con el Ministerio de Ambiente y el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam), en el que la pregunta de investigación justamente fue si existe una asociación causal entre el crédito ganadero y la deforestación a nivel municipal en el bioma amazónico.
Más allá de los resultados de la investigación, Finagro aseguró que implementa acciones para garantizar la protección de los ecosistemas amazónicos, así como “controles estrictos que bloquean cualquier intento de financiar actividades ilícitas o la expansión irregular de la frontera agrícola”. La evaluación continua del portafolio, agrega la entidad, “busca consolidar la transición hacia una economía sostenible en la región”.
Mientras los líderes del resguardo Jácome encuentran una respuesta institucional que les permita tender puentes con los colonos vecinos, Iles destaca una especie en su vivero para la restauración: la canangucha, también conocida como moriche o burití (Mauritia flexuosa). Con esta palma, que forma grandes bosques claves en la regulación y almacenamiento de agua, la comunidad espera poder filtrar el agua que consumen y atraer nuevamente la presencia de algunas especies de peces.

“Lo que buscamos, primero, es lograr tener un bosque al menos a orillas de la quebrada. Luego, que el dueño de ahí, el espíritu, también regrese. Será él quien nos ayude a poner nuevamente el agua en su nivel apropiado”, precisa Iles.
Si bien faltan años para que los terrenos recuperen las condiciones adecuadas para que el espíritu vuelva a habitarlos, parece que los espíritus de la lluvia escucharon al mayor Ibáñez. Tras unas horas de intensos aguaceros, el viaje de regreso por la quebrada Jácome en busca del río Orteguaza no tuvo mayores obstáculos. Cuatro días después de su ingreso, el recorrido de los visitantes dura una hora, lo que efectivamente se espera para el mes de julio.
Referencias científicas
Datos y metodología de esta investigación
- Aguas Partidas (2026). Proyecto periodístico coordinado por el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP), con Mongabay Latam, El Espectador, Correo del Caroní y el Instituto Serrapilheira (Brasil). Basado en datos de MapBiomas Água (colección Panamazonía y colecciones nacionales), RAISG (análisis por microcuencas, territorios indígenas, minería, deforestación) e HydroBASINS/HydroATLAS nivel 8 (WWF).
Este proyecto es resultado de una colaboración entre periodistas y científicos latinoamericanos, impulsada por el Instituto Serrapilheira de Brasil y el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP), para explorar el ciclo del agua Atlántico – Amazonia – Andes y las disrupciones en los servicios ambientales que éste proporciona al continente.




