Cuando el multimillonario coleccionista José Mugrabi se enteró de que algunos periodistas habían hecho discretas averiguaciones en el mundo del arte sobre el origen de su fortuna, se sintió intrigado. “Pensé: carambas, ¿Por qué no me llaman a mí?.”
Así que levantó el teléfono e invitó a los periodistas de Finance Uncovered y del Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP) a su apartamento en París, en el exclusivo séptimo distrito, para concederles una entrevista. Sería la primera de varias conversaciones sorprendentemente francas.
Vestido con unos vaqueros oscuros, zapatos oxford de cuero marrón y un suéter azul marino sobre una camisa impecable de un tono empolvado, el octogenario—84 años—evaluó con ironía a sus invitados desde un asiento de apariencia regia: un sillón Napoleón III tapizado en seda amarilla, en su fastuoso salón. Muebles decimonónicos con ribetes dorados, alfombras antiguas y una chimenea de mármol tallado completaban el espacio suntuoso.
La decoración—digna de un noble francés—no era casual. “Contraté a Jacques Garcia”, respondió Mugrabi, refiriéndose al diseñador más conocido por haber renovado partes del Palacio de Versalles y del Louvre.
Aun así, contrasta con el propio Mugrabi: un rey del arte pop, un magnate textil que hizo su fortuna de cero, ganando millones al construir un imperio empresarial en Colombia antes de mudarse a Nueva York a mediados de los años ochenta porque, según él, ese país se había vuelto muy violento. En las décadas desde entonces ha multiplicado su fortuna dominando el mercado de Andy Warhol. Se dice que posee más obras que nadie, salvo el propio museo de Warhol.
Sus pujas han marcado tendencias y fijado precios en casas de subastas de todo el mundo. La fortuna de su familia —calculada en 5.000 millones de dólares— está anclada en una colección de cerca de 600 pinturas de Warhol, junto con obras destacadas de artistas icónicos como Jean-Michel Basquiat, Damien Hirst y Jeff Koons.
“He tenido un éxito increíble”, les dijo a los periodistas, añadiendo con orgullo que ahora está financiando un museo dedicado a Albert Einstein en Jerusalén, lo que considera parte importante de su legado.

La historia de Mugrabi —y la fortuna detrás de su vasta colección—, sin embargo, aún tiene capítulos por contar.
Tras casi una década de litigios y apelaciones, un juez en Bogotá finalmente decidirá la fecha de inicio del juicio contra su sobrino y antiguo protegido empresarial, Alberto Aroch Mugrabi. Fuentes dicen que el juicio comenzará este mes. A Aroch se le acusa de dirigir una extensa red de lavado de dinero que, según los fiscales, movió cientos de miles de millones de pesos (al menos decenas de millones de dólares en ese momento) mediante exportaciones ficticias, préstamos irregulares y transacciones circulares. La acusación describe esta estructura como una “organización permanente… creada con fines criminales” y sitúa a Moda Sofisticada, una exportadora textil colombiana, en su centro. El caso es considerado uno de los mayores procesos por lavado de activos en la historia del país. Aroch niega todos los cargos.
Aunque fue Aroch quien construyó y dirigió Moda Sofisticada, hasta ahora nunca se habían publicado noticias acerca de posibles vínculos comerciales entre la empresa y su famoso tío.
Pero una investigación de Finance Uncovered y CLIP ha confirmado que el multimillonario coleccionista de arte ayudó a establecer Moda Sofisticada con la riqueza que acumuló durante sus décadas en Colombia, y que, según su propio relato, mantuvo un interés financiero en la empresa hasta el arresto de su sobrino, a pesar de que insistió enérgicamente en que “nunca ganó un centavo” con ella.
La investigación, de amplio alcance, se basó en documentos judiciales, entrevistas exclusivas con el propio Mugrabi y documentos filtrados del banco que administraba el fideicomiso familiar.
Esta alianza periodística tuvo acceso a un testimonio de febrero de 2016 rendido por Alberto Aroch, en calidad sólo de testigo, en Bogotá dos meses después de su arresto, en un proceso penal no relacionado con el caso actual. En él, Aroch describió a José Mugrabi como “socio” de Moda Sofisticada. FU y CLIP vieron otra declaración sellada, tomada en Nueva York en 2014, en un caso civil no relacionado, en la que Mugrabi dijo que tenía participación en Moda Sofisticada y que, afuera del arte, era como se ganaba la vida.

La investigación también examinó documentos bancarios internos filtrados de las Islas Caimán, fechados en 2006, en los que un oficial de cumplimiento expresaba preocupaciones urgentes sobre el fideicomiso que resguardaba la mayor parte de la colección de arte de Mugrabi—valorada entonces, de manera conservadora, en más de 300 millones de dólares. Entre las preocupaciones figuraban la ausencia de documentación sobre el origen de los fondos iniciales y sobre posteriores inyecciones de activos.
Aunque no se sabe que pasó como resultado de estos cuestionamientos, en conjunto, estos hallazgos plantean interrogantes sobre el origen de parte de los fondos que podrían haber sido utilizados en la construcción de la vasta colección de arte contemporáneo de Mugrabi.
En varias entrevistas con FU y CLIP, Mugrabi admitió vínculos históricos con Moda Sofisticada, pero dijo que nunca obtuvo beneficios de ella, que ninguna obra de arte fue comprada con fondos de la empresa, y que no tuvo conocimiento alguno de supuestas irregularidades en la compañía.
Sobre el fideicomiso, dijo no estar al tanto de que hubiesen cuestionamientos. No está claro qué medidas, si alguna, consideró oportuno tomar el administrador del fideicomiso, Cayman National Bank, en reacción a los comentarios del oficial de cumplimiento, pues no respondió a las preguntas de los periodistas.
Durante la investigación, los periodistas también hablaron con expertos en cumplimiento regulatorio y exfuncionarios policiales, quienes describieron los riesgos inherentes al mercado del arte en general. Desde hace tiempo se le considera menos regulado que otros mercados de alto valor y, por tanto, vulnerable a ser explotado. Los precios estratosféricos, las valoraciones subjetivas, la normalización de transacciones privadas multimillonarias, el anonimato y la naturaleza transfronteriza de las operaciones lo convierten en terreno fértil para la trampa.
El propio Mugrabi no comentó directamente sobre estos riesgos, y esta alianza periodística no encontró evidencia de que él personalmente participara en este tipo de explotaciones. Dijo que nunca le habían hecho preguntas de debida diligencia reforzada en ninguna galería o casa de subastas.
El ascenso de un rey del arte pop
Los periodistas se reunieron por primera vez con Mugrabi en su apartamento de París en un viernes fresco de principios de junio de 2024. Fue un anfitrión atento, ofreciendo café y galletas. Vestido de manera informal —un suéter azul marino sobre una camisa impecable, jeans oscuros y zapatos Oxford de cuero marrón— llevaba un bastón negro en la mano, que, cuando las preguntas se volvían incómodas, cruzaba sobre el pecho como un escudo. Aun así, los animaba a continuar: “¡Pregunten, pregunten!”, dijo. “Responderé todo lo que quieran saber.”
Afable y en ocasiones melancólico, pasó dos horas recordando en español —el idioma en el que se siente más cómodo— su camino desde hijo de tenderos israelíes hasta las altas esferas del mercado global del arte.
Mugrabi nació en Jerusalén en 1939, uno de siete hijos de una familia judeo-siria que tenía una tienda de abarrotes en el popular mercado de Mahane Yehuda. A los dieciséis años, inquieto y ambicioso, dejó la escuela y compró un pasaje a Bogotá, donde se formó con su tío, un comerciante textil. Recuerda que llegó a Colombia sin hablar una sola palabra de español y trabajando como mensajero en la bodega de su tío. “Súbame eso, bájame eso, bájame la Coca-Cola”, dice riéndose, sorprendido por la distancia entre aquel muchacho y el hombre que llegaría a ser.
Según su propio relato, en pocos meses dominó el idioma. Luego se marchó para trabajar con la competencia tras no lograr que le aumentaran el sueldo. Dos años después, asegura, ya era un vendedor muy bien pagado —ganaba lo que hoy equivaldría a más de 12.000 dólares mensuales. A partir de ahí construyó lo que describe como una de las principales empresas exportadoras de textiles de Colombia. “Soy insistente y honesto”, dice. “Cuidaba a mis clientes, y por eso me fue muy bien.”
A comienzos de la década de 1970, Mugrabi incorporó a un joven aprendiz en su negocio: su sobrino, Alberto Aroch Mugrabi. Nacido en Bogotá en 1962 pero criado en Israel, regresó a Colombia alrededor de los 10 años y fue acogido por su tío. “Era como un hijo para mí”, recordó Mugrabi desde su apartamento parisino. Aroch ingresó como aprendiz y lo acompañaba para aprender el oficio.
A medida que la empresa y la reputación de Mugrabi crecían vertiginosamente, él afirma que los actores más establecidos empezaron a sentirse amenazados. “Mi éxito fue tan grande que incluso industrias muy grandes en Colombia se quejaban de mí. Decían de todo, de contrabando en adelante; decían todo eso”, contó sin que nadie se lo preguntara durante la entrevista en París.
Cuando en conversaciones posteriores los reporteros le pidieron más detalles sobre los rumores de contrabando, respondió con una mezcla de frustración y orgullo. “En Colombia unos dicen que contrabando—yo oí esa cosa mucho ”, dijo. “Que yo era un contrabandista y todo eso. Pero no he tenido ningún problema con el gobierno ni nada.” Dijo que Belisario Betancur, presidente de Colombia entre 1982 y 1986, incluso lo llamó personalmente para hablar del tema. “Me llamó para decirme: ‘¿Qué pasa con las telas, que están hablando eso?’” recordó Mugrabi. “Y yo le dije: ‘Bueno, están hablando… Usted me manda la aduana todos los días aquí: ¿qué han visto?’”

Mugrabi atribuyó los rumores a la envidia de competidores, en particular, dos grandes empresas que dominaban el sector en Colombia y que, según él, se sentían amenazadas por su éxito importando mercancía. En un momento dado, dijo, casi compró una de esas compañías. “Lo mío fue todo un éxito”, añadió. “El éxito tiene enemigos.”
Hacia finales de esa década, contó Mugrabi, la violencia en Bogotá había empeorado. Dijo que envió a su esposa y a sus hijos pequeños a Miami por seguridad, y que los veía solo los fines de semana, hasta que su esposa le dio un ultimátum: debían vivir juntos como familia. En 1982, Mugrabi, su esposa y sus dos hijos se instalaron en un lujoso apartamento en la Trump Tower de Manhattan, que aún poseen. Antes de dejar Colombia, aseguró que ya era millonario y que liquidó sus activos textiles —vendió bodegas e inventario— y colocó los ingresos en un fideicomiso en las Islas Caimán, que describe como el cimiento financiero de su futura carrera como coleccionista de arte.
Esa nueva etapa había comenzado el año anterior, con una llamada de un gerente de Citibank llamado Jeffrey Deitch, hoy en día un gran marchante de arte (que no respondió a nuestra petición de comentario). “Me llamaba todos los días”, recordó desde su sillón dorado. Al final, cedió. “Le dije: ‘Mire, cómpreme cualquier cuadro que quiera por 100.000 dólares, pero no me joda más’.”
Su primera adquisición fue un Renoir. Poco después compró por impulso una obra de 120.000 dólares de un artista cuyo nombre dijo que apenas podía pronunciar: Mark Rothko. “Me gustó, ofrecí y la compré… sin nadie que me ayudara, que me aconsejara, nada”, aseguró. Luego, “guiado por el instinto”, pujó con éxito por otras tres pinturas que le gustaron. Pudo venderlas poco después en subasta por el doble —o triple— del precio de compra. Pensó: “¡Wow!, me dije, Mr. José, este es tu negocio.”
Y a partir de ahí avanzó sin freno. En los años ochenta comenzó a comprar arte contemporáneo a un ritmo nunca visto, hasta formar una de las mayores colecciones de Warhol del mundo —más de 800 obras en su punto máximo. Los precios que pagaba también crecían, hasta que en los años 2010 protagonizó titulares y marcó récords: en 2012, The New York Times destacó su compra de Double Elvis de Warhol por 37 millones de dólares; en 2013 pagó 58,4 millones por Balloon Dog (Orange) de Jeff Koons, entonces un récord para un artista vivo. Aunque esos años fueron la cumbre de sus compras públicas, Mugrabi sigue comerciando activamente con arte hoy en día.
Sus intensas estrategias de puja han elevado precios de mercado y son observadas de cerca por otros marchantes. “Los Mugrabi son comerciantes —muy exitosos”, dijo Don Thompson, economista y exprofesor de negocios en la Universidad de Toronto, Harvard y la London School of Economics, autor de varios libros sobre el mercado internacional del arte. “En el pasado, manejaban el mercado de Warhol del mismo modo en que los market makers operan en la bolsa.”
Uno de los mayores casos de lavado de dinero en Colombia
Esa parte de la historia es conocida. Mucho menos visible es lo que ocurrió con la empresa textil familiar tras su salida de Colombia a comienzos de los años ochenta, y los vínculos comerciales de Mugrabi con su sobrino —antes considerado su heredero natural—, cuya propia historia lo llevaría a los tribunales y a una acusación formal.
Según los registros corporativos colombianos, Moda Sofisticada S.A. —que luego se convertiría en Moda Sofisticada Ltda.— se constituyó en 1991. Públicamente, Mugrabi nunca ha sido relacionado con la empresa. Pero en entrevistas con los reporteros, dijo que ayudó a establecerla a inicios de los años noventa como un favor a su sobrino y a un primo, antes de dedicarse por completo al mundo del arte. Insiste en que no tuvo ningún rol operativo y que nunca recibió ingresos de ella.
Hoy esa misma compañía está en el centro de una importante investigación por lavado de dinero. En diciembre de 2015, las autoridades colombianas arrestaron a Aroch por lavado de activos, enriquecimiento ilícito y concierto para delinquir, y congelaron sus bienes, incluida Moda Sofisticada. En la acusación de 2016, los fiscales lo señalaron como el arquitecto de una vasta red de lavado que habría canalizado cientos de miles de millones de pesos mediante empresas textiles, falsificando exportaciones y facturas, utilizando empresas fachada y realizando grandes depósitos en efectivo estructurados en montos apenas inferiores a los umbrales de reporte bancario. Afirmaron que una parte de esos fondos terminó invertida en bienes raíces a través de fideicomisos inmobiliarios.

“El sector textil es uno de los rubros con mayor incidencia documentada en lavado de dinero”, explicó David Tyrell, exagente de la DEA que hoy investiga delitos financieros complejos. “Como exportas grandes volúmenes —y puedes asignar prácticamente cualquier precio de mercado que desees— es muy sencillo falsificar y sobrefacturar para mover dinero ilícito.”
Los fiscales creen que el imperio empresarial de Aroch comenzó en los años noventa y que las actividades de lavado arrancaron con Moda Sofisticada. Las pruebas que reunieron abarcan desde 2001 hasta 2014, el año anterior a la detención de Aroch. En ese período, calificaron numerosas transacciones como carentes de justificación comercial —por ejemplo, registrar ingresos por exportaciones futuras que nunca se materializaron.
En la acusación, los fiscales señalan que la autoridad tributaria y aduanera abrió 27 investigaciones a Moda Sofisticada en un lapso de 13 años. En un caso, inspectores citaron un envío por violaciones de etiquetado al encontrar prendas “perforadas, manchadas y con mal olor”, imposibles de vender. Según los fiscales, varios cargamentos fueron incautados y declarados contrabando. Escribieron que dos de los mayores “proveedores” de Moda Sofisticada no tenían personal, ni bodegas, ni inventario, y aun así recibieron decenas de millones de dólares, fondos que, en su mayoría, habrían terminado de vuelta en las cuentas de Aroch.
Los investigadores también señalaron vínculos financieros entre empresas controladas por Aroch y compañías asociadas con Henry e Isaac Guberek, un dúo textil padre e hijo sancionado por el Departamento del Tesoro de EE. UU. en 2013 por presuntamente lavar cientos de millones de dólares para narcotraficantes y otros grupos criminales organizados. Los fiscales citan transferencias desde empresas vinculadas a los Guberek —varias luego sancionadas por EE. UU.— hacia entidades relacionadas con Aroch, incluida Moda Sofisticada, y observan que una empresa que Aroch dirigiría años más tarde había sido fundada por un miembro de la familia Guberek.
Una fuente de la Fiscalía aclaró posteriormente a pedido de los reporteros que, su investigación sobre el caso de Aroch “no arrojó evidencia de recursos provenientes del narcotráfico”.
Dos ejecutivos de Moda Sofisticada —Ricardo Munar Fernández y Fernando Rivera Cifuentes— se declararon culpables junto con Aroch de enriquecimiento ilícito en 2019. Aroch, inicialmente, se declaró culpable del cargo menor de enriquecimiento ilícito en diciembre de 2015, pero luego retiró esa declaración y ahora niega haber cometido irregularidad alguna.
Tras 19 audiencias preparatorias y varias apelaciones, se espera que su juicio comience este diciembre, diez años completos después de su arresto. La abogada de Aroch, Teresita Barrera, dijo que su cliente no iba a responder las preguntas ni ofrecer comentarios del caso antes de que se iniciara el juicio. “Las personas son inocentes hasta que sentencia ejecutoriada de tribunal competente indique lo contrario, reza un principio fundamental de derecho, que da cuenta de la garantía procesal y moral que asiste a los procesados”, dijo la defensora.
Mugrabi dijo que su sobrino le había asegurado que las acusaciones no eran ciertas y que él le creía.
A medida que los problemas legales de Aroch se intensificaban, Mugrabi —quien en algún momento lo consideró como un hijo— asegura que empezó a distanciarse de su sobrino. “No quería meterme en eso”, dijo. “Así que nos separamos, y él nunca volvió a hablarme.”
¿Un negocio familiar?
Hasta ahora, nada había vinculado públicamente al famoso marchante de arte con las empresas de su sobrino. Sin embargo, documentos judiciales, registros mercantiles, varias entrevistas con el propio Mugrabi y dos testimonios juramentados revisados por Finance Uncovered y CLIP establecieron que sí mantuvo un vínculo financiero con Moda Sofisticada hasta el arresto de su sobrino.
En una declaración sellada en Nueva York, tomada en 2014 en el marco de una disputa artística no relacionada —un año antes del arresto de Aroch—,y que esta alianza periodística pudo ver, los abogados preguntaron a Mugrabi por sus antecedentes y qué hacía fuera del arte para “ganarse la vida.”
Consultado sobre su principal ocupación en Colombia antes de emigrar a Nueva York en 1982, Mugrabi respondió: “Textiles”, identificando su empresa textil como “Moda Sofisticada”. Preguntado si aún tenía un rol en esa compañía “ahora”, respondió: “Sí… Tengo un porcentaje, tengo acciones.” Cuando le preguntaron a qué se dedicaba fuera del arte en el presente, contestó: “construcción y bienes raíces”, confirmando que ambos eran parte de Moda Sofisticada”. Sobre los ingresos, dijo que no conocía las cifras: “La maneja mi sobrino. Pero le va bien. Sé que le va bien.”
En febrero de 2016, dos meses después de su arresto, Aroch rindió otra declaración juramentada en Bogotá, esta vez sólo como testigo en un proceso no relacionado con su propia causa. Al preguntarle por sus negocios, nombró como socios fundadores de Moda Sofisticada a “José Mugrabi Mugrabi, José Mugrabi Tesone y yo”, refiriéndose respectivamente a su primo y a su tío coleccionista.
Describió la empresa como un emprendimiento textil familiar que había tomado el relevo de otra compañía familiar, Verdi S.A., que había sido liquidada para “reducir los gastos”. Su tío, José Mugrabi Tesone, añadió, era el principal accionista de Verdi. (Cuando esta alianza periodística le preguntó a José Mugrabi por esto, dijo que Verdi S.A. “le sonaba”, pero que no recordaba exactamente cuál había sido su vínculo.)
Los periodistas contrastaron estos relatos con los registros societarios oficiales de Moda Sofisticada Ltda. y Verdi S.A. en el registro mercantil colombiano.
Los documentos corporativos de Moda Sofisticada no incluyen a José Mugrabi como socio ni como accionista. Su nombre aparece sólo una vez como “invitado” a una reunión de socios en 1993. Pero cuando se le presentó ese registro, él lo negó categóricamente: “Yo nunca estuve allá; Confirmo eso ciento por ciento, no es cierto.”

Esto sugiere que cualquier participación que hubiera tenido en la empresa habría sido informal o indirecta, algo en líneas generales coherente con partes de su propio relato. A lo largo de varias conversaciones con los reporteros, Mugrabi ofreció explicaciones distintas. “Yo era socio… pero no estaba envuelto en el negocio”, dijo en París, agregando: “Yo tenía antes el 80 por ciento y después poco a poco fui cediendo y me quedé con el 20 por ciento. Y ni siquiera estaba en la escritura”. En entrevistas posteriores corrigió esa versión: “Yo no tenía ninguna acción, ningún porcentaje en el negocio… Le tenía prestada plata. ”
Al insistir los reporteros sobre ese supuesto préstamo, en un momento dijo que se trató de dinero en efectivo, y en otro que fue mercancía por valor de 2 millones de dólares que dejó en Colombia. “No lo considero capital; lo considero como un préstamo equivalente a más o menos el 20 por ciento de su empresa.” Aseguró que jamás recibió “ni un centavo” de vuelta.
La falta de claridad sobre cualquier participación formal en Moda Sofisticada contrasta con los registros de Verdi S.A., a partir de los cuales los periodistas pudieron establecer un vínculo entre una empresa textil de la familia y la actividad artística de Mugrabi.
Los documentos de constitución de Verdi de 1994 muestran que su principal accionista, con el 85 % del capital, era J Mad Investments Ltd, una empresa registrada en 1982 en las Islas Caimán. Documentos adicionales indicaron que tenía una cuenta en una importante casa de subastas. En París, Mugrabi dijo a los reporteros que J Mad era su empresa y que efectivamente compraba arte, pero que ya no existía.
Aunque Verdi no forma parte de la acusación en Colombia y está liquidada desde 2003, estaba estrechamente vinculada a Moda Sofisticada: para 1999, era dirigida por Aroch (y por los otros dos ejecutivos que hoy están condenados, por enriquecimiento ilícito en el caso de Moda Sofisticada). Según el testimonio de Aroch en 2016, fue adquirida por Moda como parte de un proceso de consolidación. No se sabe qué ocurrió con las acciones de J Mad en Verdi, si fueron compradas, si perdieron su valor o si se transfirieron a Moda.
Mugrabi reconoció que “era posible” que JMad fuera la dueña de Verdi. Dijo que no recordaba qué pasó con las acciones de Verdi cuando ésta fue liquidada.
En conjunto, el panorama que dibujan estas piezas es incompleto. En la práctica corporativa habitual, varios de los roles que él mismo describió —especialmente poseer acciones— suelen generar algún retorno si el negocio es tan exitoso como ambos describieron. Sin embargo, los reporteros no pudieron confirmar qué beneficio económico, si alguno, recibió realmente, aunque él ha sido insistente en negar cualquier beneficio.
Según la acusación en Colombia, las propias cuentas societarias de Moda Sofisticada sugieren que la empresa estaba en pleno auge unos años antes de la detención de Aroch. Los fiscales señalaron que su ingreso neto aumentó un 1.251 % entre 2011 y 2012, en contraste con una contracción del 77 % en el sector textil colombiano en su conjunto.
En el fondo, parecía que Moda Sofisticada era para Mugrabi menos una entidad jurídica concreta que la continuación de un legado textil familiar que había evolucionado durante décadas. Subrayó que su riqueza provenía de las empresas textiles y de construcción que levantó tras llegar a Colombia. “Moda Sofisticada es mucho antes de Abi [el apodo con el que se refiere a Aroch], mucho antes de que él naciera. Yo tenía ese negocio desde los años sesenta. O sea, no es una cosa nueva.”
Según él, cualquier vínculo activo con los textiles pertenecía a un capítulo previo de su vida. Una vez instalado en Nueva York, dijo, se dedicó por completo al negocio del arte, donde sigue siendo “muy activo” hoy en día. “Soy uno de los más grandes [marchantes] del mundo del arte”, afirmó.
Un fideicomiso offshore
Más o menos al mismo tiempo en que los investigadores colombianos empezaban a examinar las empresas de Aroch —aunque de manera totalmente independiente—, el fideicomiso en las Islas Caimán que sustentaba las compras de arte de Mugrabi comenzaba a generar inquietudes entre sus propios administradores, según muestran archivos filtrados.
Documentos internos de Cayman National Bank —filtrados en 2019 por la organización hacktivista sin ánimo de lucro Distributed Denial of Secrets— revelan que, a comienzos de 2006, un oficial de cumplimiento expresaba preocupaciones urgentes sobre el Abraham Mugrabi Trust (AMT), una estructura que llevaba el nombre del padre de Mugrabi. En un memorando, el consultor advirtió que “prácticamente todos los tipos de problemas posibles de un fiduciario están presentes, grandes, pequeños y medianos, y no estamos hablando de montos insignificantes”. De las 90 estructuras de CNB que revisó en cuatro meses y medio, recomendó colocar el AMT como la máxima prioridad.
Según los documentos filtrados, dentro del AMT había una red de otras compañías offshore registradas en distintas jurisdicciones, incluidas Jombihis Corporation, el principal vehículo de compras de arte de la familia, y J Mad Investments. El fideicomiso también resguardaba una vasta colección de arte con obras de Warhol y de Basquiat, y mobiliario, valorados en 2002 en unos 300 millones de dólares.

Las estructuras offshore, incluidos los fideicomisos, son legales y ampliamente utilizadas por coleccionistas adinerados para mantener obras de arte y para fines sucesorios, fiscales o de planificación patrimonial. (En una declaración jurada de 2014, cuando abogados le preguntaron, Mugrabi dijo que tenía un fideicomiso en Caimán por razones fiscales, aunque entonces no mencionó el AMT). Pero, debido a que estos mecanismos pueden ser opacos y suelen contener múltiples entidades transfronterizas, los reguladores los clasifican como de alto riesgo para el lavado de dinero y exigen controles más estrictos y documentación sólida.
En el caso del AMT, el anonimato no era el problema: entre actores del mercado del arte se sabía que Jombihis era la principal sociedad de compras de Mugrabi. El memorando del oficial de cumplimiento, sin embargo, señalaba la ausencia de controles básicos. Él escribió que el origen inicial de los fondos “nunca había sido explicado”, más allá de referencias a una “operación textil exitosa en Colombia”, y también faltaba documentación sobre cómo se habían realizado posteriores aportes de activos.
No existe ningún registro de que Moda Sofisticada, como tal, hubiera sido propiedad del AMT.
Cayman National Bank no respondió a las preguntas de los reporteros. No se conoce si tomaron acciones como resultado de estos cuestionamientos y no hay evidencia de mala conducta ni del banco ni de Mugrabi.
Cuando los reporteros le pidieron a Mugrabi que respondiera a las inquietudes del memorando, dijo no recordar haber recibido comunicaciones del banco sobre problemas de origen de fondos o cualquier otro asunto, y se mostró sorprendido de que el AMT siguiera activo hasta 2006 —pensaba que lo había cerrado años antes.
Un punto ciego en el mercado del arte
Según Scott Greytak, subdirector ejecutivo de Transparency International, si un oficial de cumplimiento recibiera este conjunto de elementos —un comprador de arte de alto valor; un fideicomiso offshore; un antiguo protegido que opera en un país y un sector de alto riesgo y que está acusado de lavado de dinero—, en muchos sectores regulados lo consideraría motivo suficiente para aplicar controles reforzados de debida diligencia.
Un solo factor aislado no implica nada: “Hay personas completamente legítimas que crean fideicomisos en las Islas Caimán”, señaló. Pero cuando alguien tiene “múltiples compañías y cuentas offshore”, está “vinculado a individuos bajo investigación” o posee fondos que provienen de “industrias o regiones de alto riesgo para actividades criminales”, esos elementos pueden formar “un patrón de actividad sospechosa”. En la mayoría de los sectores regulados, explicó, eso elevaría el perfil de riesgo del cliente, activaría monitoreo continuo para asegurar que la cuenta no se use con fines ilícitos y, si las preocupaciones aumentan, “se reporta como una operación sospechosa” o incluso se rechaza al cliente.
No obstante, los actores del mercado del arte han estado históricamente exentos de tales obligaciones, dijo Greytak. Consultado sobre si existían requisitos de debida diligencia en el mercado global del arte en la época del arresto de Aroch, respondió sin rodeos: “Absolutamente no.” Sin reglas claras ni una “obligación legal de hacerlo, la gente no lo hace. Y es en esa zona gris —esa negación plausible— donde surgen los problemas.”
Si en el mercado del arte se activaron controles voluntarios en este caso, no se sabe. Los reporteros no encontraron evidencia pública de consultas realizadas por autoridades investigativas, marchantes o casas de subastas tras el arresto de Aroch en 2015 o después de los acontecimientos legales posteriores, aunque, de haber existido, es muy probable que fueran privadas y fuera del dominio público. Mugrabi ha dicho que nunca le han pedido controles reforzados de debida diligencia en ninguna galería, casa de subastas o marchante —ni siquiera después del arresto de su sobrino— y que jamás ha sido contactado por autoridades investigadoras.
De hecho, no está claro que el arresto hubiera levantado señales de alerta: la noticia apareció casi exclusivamente en medios colombianos, y las normas varían según la jurisdicción acerca de si un sobrino califica como “persona vinculada” bajo marcos estándar de riesgo. Incluso si se hubieran aplicado controles reforzados, no habría habido nada salvo el acta de 1993 y la declaración de 2016 de su sobrino que conectara públicamente a Mugrabi con las empresas investigadas de Aroch.
Independientemente de lo ocurrido en este caso concreto, los documentos ponen de relieve un problema más amplio que desde hace años inquieta a los expertos en delitos financieros: cuando sumas altas ingresan al segmento más exclusivo del mercado del arte, el origen de los fondos rara vez se examina con el mismo rigor que en otros sectores de alto valor.
En 2020, una investigación del Senado de Estados Unidos calificó al arte de alta gama como “el mercado legal y sin regular más grande de Estados Unidos”, y señaló que “el secretismo es omnipresente”, además de subrayar que “no existe una obligación legal para que la parte vendedora confirme la identidad del comprador”. En particular en los niveles más altos, muchas de las características del mercado que atraen a una clientela adinerada —confidencialidad, valor portátil, intermediarios, estructuras offshore, movilidad transfronteriza— coinciden con riesgos reconocidos de lavado.
A escala global, los bancos, los corredores de bienes raíces y los casinos están obligados a aplicar programas antilavado que incluyen verificar la titularidad real, evaluar el perfil de riesgo y documentar el origen de los fondos y, cuando corresponde, el origen de la riqueza. Pero en gran parte del mercado del arte, estas obligaciones no existieron históricamente y siguen siendo disparejas hoy.
El Reino Unido y la Unión Europea incorporaron a galerías y casas de subastas dentro de sus normativas antilavado en 2020. En Estados Unidos, en cambio, aún no se han implementado reformas sectoriales amplias, aunque legisladores han presentado en julio un proyecto bipartidista, el Art Market Integrity Act, que, de ser aprobado, alinearía las reglas estadounidenses del mercado del arte con las europeas.
No todos en el sector apoyan regulaciones más estrictas. “Hay muchos actores del mercado del arte que dicen que no necesitamos regulaciones y que el mercado puede autorregularse”, comentó Irina Tarsis, abogada especializada en arte y patrimonio cultural y fundadora del Center for Art Law.
En su opinión, sin embargo, “estas regulaciones no solo son útiles para proteger el mercado del arte de las transacciones ilícitas. Creo que son necesarias para exigir la debida diligencia y dejar claro a los participantes del mercado del arte que no pueden simplemente aceptar fondos sin importar de dónde provengan.”
Un legado familiar
En su señorial apartamento parisino, al terminar la entrevista, Mugrabi guía a los reporteros en un recorrido por su piso. Las paredes están curadas con eclecticismo: una pintura renacentista en la sala, un collage pop-art de Lipton Ice Tea de Tom Wesselmann en el comedor, cerca de una vidriera con su firma, y un pequeño Warhol de una Marilyn Monroe sonriente sobre el estante de su dormitorio, un testimonio de toda una vida coleccionando. Mientras muestra estas obras, incluidas algunas de sus favoritas —primeras ilustraciones infantiles de Warhol— repite una frase que ya ha dicho antes: “Compré una parte de la cultura estadounidense.”
A unos ocho mil kilómetros, en Bogotá, se espera que este mes un juzgado comience a escuchar las pruebas sobre el imperio empresarial que, según los fiscales, su sobrino habría levantado a partir de textiles y empresas fantasma. Alberto Aroch, quien alguna vez siguió a su tío por bodegas y almacenes, ocupará ahora el banquillo del acusado.
El nombre de José Mugrabi no aparece en la acusación, y no está ni ha estado jamás acusado de delito alguno.
Mugrabi dijo a los reporteros que ha prestado poca atención al caso.
En cambio, está concentrado en el legado que quiere dejar: se está construyendo en Israel, su país natal, un museo dedicado a Albert Einstein. La Universidad de Jerusalén le pidió ayuda para materializarlo y él está financiándolo íntegramente. “Me cuesta 30 millones de dólares, y lo hago con una felicidad total y absoluta”, afirmó. Estar asociado al nombre de Albert Einstein, “porque yo prácticamente ni fui a la escuela”, lo llena de un orgullo enorme: “Después de mi familia, [es] lo más importante que he hecho en mi vida.”
Independientemente de lo que decida la justicia en Bogotá sobre el destino de su sobrino, el veredicto que Mugrabi tiene sobre lo que lo trascenderá a él ya está claro. De vuelta en su asiento, recorre la habitación con la mirada, con el bastón apoyado junto al sillón, y dice, casi en voz baja, como para sí mismo: “Esa es mi vida, mi vida.”
César Molinares contribuyó a la reportería desde Colombia
Arte de Magia es una investigación que conecta, por primera vez, José Mugrabi, uno de los coleccionistas de arte más importantes del mundo, con los negocios de su sobrino, acusado por lavado de dinero en Colombia. Es una historia realizada por el CLIP y Finance Uncovered, que fue republicada por la revista Cambio de Colombia.
