El reloj aún no marcaba el mediodía cuando el puente sobre el río São Francisco comenzó a quedar atrás. A la derecha, el estado de Sergipe. A la izquierda, Alagoas. Bajo el concreto, un río que ya ha recorrido más de 2.800 kilómetros desde Minas Gerais, atravesó el bioma del Cerrado, cruzó la Caatinga, recibió decenas de afluentes, abasteció ciudades, regó plantaciones, alimentó a poblaciones tradicionales e impulsó parte de la economía brasileña antes de llegar a sus últimos kilómetros. A partir de ahí, le quedaba poco para llegar al océano Atlántico. Para millones de brasileños, ese es simplemente el Velho Chico. Para los pueblos indígenas que vivían a sus orillas mucho antes de la llegada de los colonizadores portugueses, sigue siendo Opará. El «río-mar» o «gran río» en lengua tupí.


La travesía entre Propriá, en Sergipe, y Porto Real do Colégio, en Alagoas, dura unos minutos. Conocido como el Bajo São Francisco, este tramo de 208 kilómetros entre la central hidroeléctrica de Xingó y la desembocadura separa a los dos estados antes de desembocar en el Atlántico. Fue aquí donde comunidades indígenas, pescadores artesanales, pobladores ribereños, agricultores familiares e investigadores comenzaron a reportar, a menudo de manera independiente, cambios en el paisaje y en el comportamiento del río.
Vista desde lo alto del puente, el paisaje del río impresiona por su magnitud. La superficie del agua refleja el cielo del sertão (interior semiárido). En las orillas, pequeñas embarcaciones aún cruzan lentamente el río. A lo lejos, Porto Real do Colégio, una pequeña ciudad ribereña como tantas otras repartidas por el interior de Brasil.
Es en ese momento cuando Pawanã Crody, de 42 años, comienza a hablar. Como jefe de la aldea, chamán y maestro del grupo Sabuká, del pueblo kariri-xocó, sabe que comprender ese territorio exige más que datos o mapas. «Hoy somos una comunidad de 1,200 familias. Esta ciudad terminó por tragarnos», se lamenta.
No fue casualidad que esta investigación comenzara entre los kariri-xocó. La comunidad de ocupa una posición singular en el Bajo São Francisco. Al vivir a orillas del Opará desde hace generaciones, sus habitantes han sido testigos de profundas transformaciones en la dinámica del río y han desarrollado iniciativas orientadas a la recuperación de áreas degradadas, convirtiéndose en un referente en acciones de restauración ambiental en la región.
Mucho antes de que existiera Porto Real do Colégio, mucho antes de la creación de los estados de Alagoas y Sergipe y mucho antes de que el río recibiera el nombre de San Francisco, varios pueblos indígenas ocupaban extensas áreas del Bajo São Francisco. Vivían a orillas del Opará, transitaban por el río, compartían territorios, conocimientos sobre pesca, agricultura, manejo de la vegetación y prácticas espirituales profundamente ligadas a las aguas. La llegada de los colonizadores portugueses lo cambió todo.
La ocupación colonial avanzó a lo largo de las riberas del río. Llegaron las misiones religiosas, los asentamientos, la expansión de las fincas, la apropiación de las tierras, la violencia contra los pueblos originarios y sucesivas políticas orientadas a la asimilación cultural. A lo largo de este proceso, diferentes grupos indígenas fueron expulsados de sus territorios, dispersados o incorporados a asentamientos organizados por la Corona portuguesa.
“Los kariri-xocó somos más que un solo pueblo. No somos solo kariri y xocó. Somos un pueblo formado por varios otros pueblos. Además de los kariri y los xocó, también contamos con los natú, los karapotó, los carapoti, los pankararu y otros grupos. Hoy somos fuertes porque tuvimos que unirnos. La formación del territorio Kariri-Xocó surgió de esas luchas para que nuestro pueblo no fuera exterminado», destaca Pawanã.
Mientras habla de la historia, señala distintos puntos de la ciudad. Calles pavimentadas, casas, comercios, postes de luz y edificios públicos. Cada uno de esos lugares, explica el cacique, guarda un recuerdo. «Esta calle por la que estamos bajando hoy se conoce como Calle San Vicente. Pero aquí estaba nuestra aldea. Antes de estar donde estamos hoy, vivíamos aquí», dice.

A pocos metros de ahí, en la ribera de Porto Real do Colégio, los vecinos caminan a la sombra de los árboles. Los bancos, el pavimento, la iluminación y una vista privilegiada del río São Francisco han transformado la ribera urbana en uno de los principales espacios públicos de la ciudad. Los niños juegan cerca del río. Las parejas toman fotos del paisaje. A primera vista, nada indica que ese escenario esté marcado por conflictos históricos. “Estas riberas del río Opará, conocido por la sociedad como río São Francisco, son la cuna de nuestra aldea. Aquí estaba la imagen emblemática de nuestra comunidad. Era la fuente de todo: de salud, de esparcimiento, de alimento, de sustentabilidad, tanto en lo físico como, sobre todo, en lo espiritual”, señala el cacique.
Al caminar un poco más, Pawanã se detiene frente a otro tramo de la orilla. El agua parece limpia. Es difícil detectar algún problema. Sin embargo, él mira hacia el mismo lugar y ve el pasado. A pocos metros de la cuenca hidrográfica más grande ubicada íntegramente en territorio brasileño, cientos de familias indígenas vivían con dificultades para abastecerse de agua.
Según el cacique, el sistema que utiliza actualmente la comunidad se implementó hace apenas unos años, mediante un proyecto que sustituyó el antiguo sistema de bombeo artesanal que se realizaba directamente en el río. «Imagina la cantidad de cosas que venían. Cuántos gusanos había. Enfermedades y más enfermedades como nunca habíamos visto», recuerda.



Cuando el río alimentaba a la aldea












Fue durante una clase en la escuela cuando Dete Kariri-Xocó, de 46 años, escuchó por primera vez un pronóstico que parecía imposible. «La maestra decía que, si seguían destruyendo el río, algún día se secaría», recuerda. En ese momento, no le creyó. «Yo decía que eso nunca iba a pasar. El río parecía un mar», explica. Décadas después, dice que esas palabras cobraron otro significado. «Hoy veo que ella tenía razón. El río realmente se secó. Ya no parece un río. Parece más bien una laguna», dice la indígena.
Su amiga Dé Kariri-Xocó, de 69 años, recuerda que pasó prácticamente toda su infancia a orillas del Opará. «Mi papá se ganaba la vida pescando. Se iba al río y regresaba con la comida para toda la familia. De ahí venía el pescado que comíamos». Ambas son alfareras (o loceras) —mujeres que fabrican utensilios de barro, ya sea para uso doméstico, como platos, jarras, hornillos de carbón, ollas, etc.— y guardianas del conocimiento sobre cómo trabajar con el barro, transmitido de generación en generación entre las mujeres Kariri-Xocó. Dé recuerda que, cuando el río San Francisco se desbordaba, el agua invadía naturalmente las lagunas ribereñas, llevando consigo peces que permanecían allí incluso después de que bajara el nivel del agua. «Me acuerdo de tres grandes inundaciones. Cuando bajaba el agua, las lagunas se llenaban de peces». Sonríe al recordar su infancia. «Íbamos a pescar con anzuelo, con gererê… Había muchísimos peces», agrega.
Las lagunas, cuentan, funcionaban como una extensión del propio río. Allí había camarones y peces, como piabas, traíras y otras especies que consumían las familias de la aldea. Dete recuerda que su mamá pescaba prácticamente todos los días. «Mi mamá iba a la laguna. Atrapaba saburicas, camaroncitos… Siempre había pescado». Hoy, dice, el paisaje es otro. «Las lagunas nunca más se llenaron. En el río ya no hay eso. Solo hay lodo, maleza y caracoles», destaca.
Los cambios también han alterado la forma en que la comunidad se relaciona con el agua. Dete afirma que ya no se mete en el río São Francisco. «Hoy en día no me atrevo a meterme en esa agua. El agua se quedó estancada. Tenemos miedo de contraer alguna enfermedad». Recuerda que algunos vecinos llegaron a hacerse exámenes después de sufrir problemas de salud. «Cuando nos hicimos el examen y recibimos el resultado, nos dijeron que era por el agua contaminada que bebimos». Al preguntársele si creía que el origen pudiera estar en el río, respondió sin dudar. «Eso solo puede venir del río, ¿no?»
Esos cambios también afectaron la producción de cerámica. Durante décadas, la arcilla que usaban las alfareras se extraía de puntos específicos de las riberas del Opará y se transformaba en ollas, jarras, moringas y otras piezas para uso doméstico y comercial. “Recuerdo que la cerámica también garantizaba parte de los ingresos de las familias”, recuerda. “Hacíamos las piezas, llamábamos a un indígena que tenía una lancha, llenábamos la lancha de cerámica y subíamos por el río, hacia el interior, para venderlas y conseguir comida. Hoy ya no vamos. No hay suficiente agua. El río no está seco, pero ya no fluye”, destaca.


Los recuerdos de la infancia también acompañan a Nari Kariri-Xocó, de 38 años, pero con un sentimiento diferente. Mientras habla sobre el Opará, compara el río que marcó a su generación con el que conocieron sus hijos. «La diferencia entre mis hijos y yo es muy grande. Porque yo viví un río caudaloso. Ellos crecieron viendo otro río». Cuando era niña, el río formaba parte de prácticamente todo: desde los baños hasta los juegos, desde la pesca hasta las tareas cotidianas. «Hacíamos balsas con hojas de plátano. Tomábamos una cámara de aire y pasábamos el día en el agua. Mi mamá nos mandaba lavar los platos, y terminábamos quedándonos en el río a jugar. Solo regresábamos cuando ya estaba oscureciendo”, recuerda Nari.
Hoy en día, esa experiencia forma parte de la memoria de una generación. «Todo pasaba en el río. Nos bañábamos, lavábamos la ropa, buscábamos agua, pescábamos. Ahí era donde vivíamos», afirma Nari. Al comparar la realidad de sus hijos con la suya, Nari percibe una pérdida que va más allá del paisaje. “Hoy en día, nuestros hijos no han vivido eso. No han conocido ese río que nosotros conocimos”. Ella cuenta que intenta transmitir esos recuerdos, pero reconoce el límite de esa memoria cuando ya no existe la experiencia que la acompañe: “Les cuento cómo era, pero no pueden imaginárselo. Nacieron viendo otro río”, concluye Nari.
Kaony Kariri-Xocó, de 46 años, miembro de la comunidad indígena, también recuerda una época en la que la pesca formaba parte de la vida cotidiana de la aldea y recordó el tiempo en que los peces abundaban. Pawanã describió un Opará muy diferente al que conocían sus antepasados.
Transformaciones e impactos a lo largo de las décadas
Mientras que Dé y Dete describen los cambios observados a lo largo de décadas, los investigadores también comenzaron a registrar estas transformaciones. Antes de que conceptos como «servicios ambientales» se volvieran comunes en los estudios sobre ambiente (término utilizado para describir los beneficios que la naturaleza ofrece a las personas, como el suministro de agua, alimentos y recursos para la pesca), los habitantes de la aldea ya relacionaban la disminución de la pesca, los cambios en las lagunas marginales, la dificultad para encontrar arcilla y los cambios en el comportamiento del río con la construcción de las grandes presas.
Estas percepciones fueron documentadas en 2015 por los ingenieros ambientales e investigadores Talita Lorena da Silva do Nascimento, Lucas dos Santos Woituski y Lucía Ceccato, de la Universidad Federal del Recôncavo de Bahía (UFRB). La investigación utilizó entrevistas semiestructuradas, observación de campo y líneas de tiempo elaboradas junto con los propios residentes para comprender cómo la comunidad percibía las transformaciones del Opará. Los investigadores registraron relatos sobre la disminución de la pesca, cambios en la agricultura, alteraciones en el uso tradicional del agua y dificultades cada vez mayores para acceder a los recursos naturales tras la construcción de las presas de Sobradinho y Xingó.
En 2026, Verena Barros Hauschild, del Fondo Brasileño de Educación Ambiental, publicó el ensayo «Tercera margen, el duelo del Opará: trauma territorial y malestar estructural». En él, la especialista en pueblos indígenas sostiene que la situación que enfrenta la comunidad «no es fruto de una crisis hídrica fortuita», sino el resultado de un proceso histórico de intervenciones en el río São Francisco que alteró profundamente las relaciones entre el pueblo indígena y su territorio. Para ella, los kariri-xocó nunca percibieron al Opará simplemente como un curso de agua. «Para la comunidad, el río São Francisco es el sagrado Opará, el “río-mar”, una entidad sagrada y curativa que simboliza el encuentro de etnias y la supervivencia de esos encuentros como eje de su propia identidad», escribió.
Esta comprensión ayuda a explicar por qué las pérdidas que relatan Dé, Dete, Pawanã y otros habitantes rara vez se presentan de manera aislada. Cuando el río cambia, también cambian las formas de producir, los rituales, los espacios de convivencia y los conocimientos transmitidos de generación en generación. Por eso, Verena sostiene que la degradación del Opará «va más allá de la ecología y hiere la cosmología» de los pueblos que viven a orillas del río.
En el ensayo, ella observa que el agua, históricamente asociada con la curación, el esparcimiento, la pesca y las ceremonias, pasa a ser narrada también como sufrimiento. «El agua deja de ser narrada únicamente como vida y pasa a ser narrada también como dolor», destaca.
En otro pasaje, describe que el río São Francisco, antes percibido como un espacio de encuentro y circulación, se ha convertido en «un canal de desagüe gestionado por turbinas e intereses monoculturales», lo que genera lo que ella define como un «duelo ambiental»: la pérdida simultánea de un modo de vida, de una referencia espiritual y de conocimientos acumulados a lo largo de generaciones.
El río que muere poco a poco
Para Carlos Eduardo Ribeiro Júnior, conocido como Cadu, fundador de la organización no gubernamental Sociedade Canoa de Tolda, creada en febrero de 1998, la crisis del río São Francisco no es reciente y tampoco puede explicarse únicamente por los períodos de sequía. Desde principios de 1997, aproximadamente un año antes de que se constituyera oficialmente la organización, Cadu ya desarrollaba actividades en el Bajo São Francisco, partiendo de la Reserva Mato da Onça.

Para Cadu, esta experiencia ayudó a revelar que los problemas que enfrenta el río son resultado de un proceso que se extiende a lo largo de décadas. Según él, las transformaciones que se observan hoy en el curso bajo del río São Francisco son el resultado de un proceso acumulado a lo largo de décadas, marcado principalmente por la forma en que se pasó a controlar el río tras la construcción del sistema de grandes presas. En su opinión, limitarse a discutir si hay más o menos agua disponible significa ignorar un cambio mucho más profundo. «La gente mira al São Francisco y todavía ve agua. Pero un río no es solo agua que corre entre dos orillas. Un río es un sistema vivo», enfatiza.

Según Cadu, las crecidas anuales inundaban las lagunas marginales, distribuían sedimentos, renovaban los bancos de arena, alimentaban los humedales, transportaban nutrientes y determinaban los ciclos reproductivos de innumerables especies de peces, aves, plantas y otros organismos. Era precisamente esta alternancia entre períodos de crecida y de bajada la que mantenía el equilibrio ecológico del Bajo São Francisco. “Tenía un ciclo particular entre las temporadas de crecidas y de bajadas, debido a las lluvias en las cabeceras (durante las tormentas de verano, en el sureste de Brasil, en Minas). Así, en verano, desde octubre hasta marzo, las aguas subían e inundaban las lagunas marginales del Bajo. Luego, retrocedían y llegaba la marea baja», explica el ambientalista.
Con la presa de Sobradinho, según Cadu, se eliminó el ciclo natural y se secaron las lagunas marginales, lo que rápidamente hizo inviable la conservación de la biodiversidad. «La reproducción de la ictiofauna [conjunto de especies de peces] se daba en las lagunas marginales y también en la zona estuarina. Sin lagunas marginales, ya no hubo reproducción de especies, lo que acabaría por generar el caótico panorama ecosistémico actual: pocas o casi ninguna especie de pez», destaca.
Según Cadu, el Bajo São Francisco, desde 1979/80, ya es un río «canalizado, en camino hacia la inviabilidad de los ecosistemas acuáticos, ribereños y de transición. Todas las poblaciones ribereñas, independientemente de sus segmentos sociales, se vieron afectadas». «El problema no es simplemente tener agua o no tenerla. Es que el río dejó de cumplir las funciones ecológicas que siempre desempeñó», dice el activista. Cadu también destaca que «ningún río tiene agua de sobra, ninguno. Cada gota de agua tiene una función ecosistémica, para llegar al siguiente río (siendo un afluente) y hasta el mar».
Este cambio, explica, se puede observar en prácticamente todos los elementos del paisaje: «los bancos de arena aumentan, las riberas sufren erosión en algunos tramos y sedimentación en otros, las lagunas ribereñas dejan de recibir agua durante los períodos necesarios. La reproducción de diversas especies se ve interrumpida, la navegación se vuelve cada vez más difícil y la intrusión salina avanza hacia la desembocadura». Y las comunidades tradicionales comienzan a enfrentar dificultades cada vez mayores para acceder al agua dulce. «Todas las comunidades ribereñas tienen problemas de acceso al agua para consumo humano, sin importar a qué segmento pertenezcan; es un problema amplio y generalizado, lo cual es aún peor para aquellas comunidades dispersas y dispersas que no cuentan con ningún tipo de apoyo, ya sea de los municipios, los estados o el gobierno federal. Están, literalmente, por su cuenta», lamenta Cadu.



Esta crítica aparece de manera recurrente en los documentos elaborados por Canoa de Tolda. En presentaciones enviadas a la Agencia Nacional de Aguas (ANA), al Instituto Brasileño del Medio Ambiente y de los Recursos Naturales Renovables (Ibama) y al Comité de la Cuenca Hidrográfica del Río São Francisco (CBHSF), la ONG sostiene que, a lo largo de las últimas décadas, «se ha consolidado un modelo en el que el caudal liberado hacia el Bajo São Francisco se define prioritariamente para la generación de energía, correspondiendo al río adaptarse a las decisiones del sector eléctrico».
Entre los puntos más criticados por la entidad se encuentra la reducción progresiva de los caudales mínimos liberados aguas abajo de la central hidroeléctrica de Xingó. Los documentos enviados por la Sociedad Canoa de Tolda al Ibama recuerdan que el Plan Decenal de la Cuenca Hidrográfica del Río São Francisco establecía originalmente un caudal mínimo de 1.300 metros cúbicos por segundo para el tramo bajo del río. En la actualización del plan, publicada en 2016, este parámetro dejó de aplicarse, lo que dio lugar a operaciones con caudales significativamente menores, que llegaron a los 700 metros cúbicos por segundo en diferentes períodos experimentales.
Según Cadu, cuando el caudal disminuye, la corriente pierde fuerza, se reduce la capacidad de transportar sedimentos, los bancos de arena avanzan sobre el lecho, las lagunas marginales dejan de recibir agua, los humedales se secan, las especies pierden sus hábitats de reproducción y el agua del mar comienza a penetrar con mayor intensidad en la desembocadura del río.
Eso fue precisamente lo que este reportaje encontró en la Tierra Indígena Kariri-Xocó. Dé y Dete ya describían la creciente dificultad para encontrar la arcilla que utilizan las alfareras. El cacique Pawanã hablaba de la pérdida de fuerza del río. Otros nos contaron sobre la disminución de la pesca y la falta de conexión de las generaciones más jóvenes con el río.
Para Cadu, estos relatos no son excepciones. Son manifestaciones locales de un mismo proceso. «El río responde a las decisiones que se toman sobre él. Y quienes viven a orillas del río se dan cuenta de esto antes que cualquier gráfico».


Los datos confirman lo que los kariri-xocó ya sabían
Un análisis de los datos históricos sobre el caudal del río São Francisco muestra que la memoria de los indígenas concuerda directamente con las evidencias aportadas por la ciencia. El biólogo José Daniel Bastos, vinculado a la Universidad Federal de Río Grande del Norte (UFRN), analizó la serie histórica de datos de la estación fluviométrica de la Agencia Nacional de Aguas (ANA), ubicada en las cercanías de la Tierra Indígena Kariri-Xocó. Bastos también participó en el programa de capacitación en Ecología Cuantitativa del Instituto Serrapilheira, entidad aliada del proyecto colaborativo «Aguas Partidas», coordinado por el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP) en colaboración con ocho medios de comunicación de la región.
El análisis de Bastos reveló un cambio estadísticamente significativo en el comportamiento de los caudales del río São Francisco. Mediante análisis estadísticos para identificar cambios a lo largo del tiempo, identificó el año 2013 como el principal punto de inflexión de toda la serie histórica, que se inicia en 1995. Hasta ese momento, predominaba un comportamiento relativamente estable de los caudales. A partir de entonces, se inicia una tendencia constante a la disminución.
En primer lugar, el investigador dividió los datos por estación del año, ya que el objetivo era verificar si la tendencia podía explicarse únicamente por la estacionalidad climática (variación regular y predecible del clima, como la temperatura, la humedad y las lluvias, que se repite en épocas específicas del año). El resultado fue que, independientemente de la estación, todas las curvas respondieron de manera similar. En otras palabras, el comportamiento observado no se limitaba a un solo período del año.
El resultado sugirió tres puntos principales de ruptura: el primero ocurrió en 2004, durante un período aún marcado por un aumento de los caudales; el segundo apareció en 2013, representando el cambio más importante de toda la serie; el tercero surgió en 2016, ya asociado al período de menores caudales registrado en el conjunto de datos.

El análisis de la serie histórica muestra cuatro momentos distintos en el caudal del río. Entre 1996 y septiembre de 2004, los valores se mantuvieron relativamente estables. Desde octubre de 2004 hasta febrero de 2013, el río presentó los caudales más altos registrados en el período analizado. A partir de marzo de 2013, sin embargo, se produjo una caída pronunciada, que se prolongó hasta febrero de 2016. Posteriormente, el caudal volvió a mostrar una ligera recuperación, pero se mantuvo por debajo de los niveles registrados antes de la caída.
Según los análisis realizados por el investigador, entre 2013 y 2016 el caudal promedio del río São Francisco disminuyó cerca de 185 metros cúbicos por segundo cada año. Aunque los datos indican una leve recuperación de los caudales después de 2016, las pruebas estadísticas demuestran que ese aumento no fue suficiente para que el río volviera al comportamiento observado antes de 2013. En términos estadísticos, los períodos más recientes siguen siendo significativamente más bajos que los registrados en la primera mitad de la serie histórica, lo que indica que el sistema hidrológico aún opera en un nuevo nivel de caudales.
Traducir esta cifra a la vida cotidiana ayuda a comprender su magnitud. Esta reducción equivale, anualmente, a un volumen de agua similar a aproximadamente 2,3 millones de piscinas olímpicas. La comparación hace tangible una transformación que, para muchos habitantes de la región, ya se venía percibiendo mucho antes de los análisis estadísticos.
Los resultados obtenidos por Bastos coinciden con una preocupación manifestada desde hace años por organizaciones que monitorean la cuenca del Bajo São Francisco. A lo largo de la última década, diversos informes técnicos, campañas de monitoreo y reuniones promovidas por instituciones como la Sociedad Canoa de Tolda han documentado que la reducción sucesiva de los caudales liberados por los embalses ha alterado profundamente el funcionamiento ecológico del tramo comprendido entre Xingó y la desembocadura.
En común, estos estudios señalan que los cambios observados por las comunidades tradicionales no son sucesos aislados, sino parte de un proceso continuo de transformación del río, que investigadores, organizaciones de la sociedad civil e instituciones públicas han estado siguiendo desde hace décadas.
Lo que dicen los organismos, las empresas y los representantes institucionales
El reportaje preguntó a AXIA Energia, nueva denominación de la antigua empresa estatal Eletrobras y controladora del grupo empresarial tras la privatización, y a AXIA Nordeste, antigua Companhia Hidroelétrica do São Francisco (Chesf), responsable de la operación de las centrales hidroeléctricas y de parte del sistema de transmisión en el noreste. En respuesta, la empresa situó en contexto la construcción de las centrales del río São Francisco, entre las décadas de 1960 y 1980, como parte de una política estatal orientada a la seguridad energética y al desarrollo económico. Según la empresa, la gestión del río implica diferentes usos del agua y, por ello, «siempre ha exigido una gobernanza compartida de los recursos hídricos», con la participación de organismos como la ANA, el Operador Nacional del Sistema Eléctrico (ONS) y el Ibama en la definición de las condiciones de operación.
AXIA afirmó además que, desde la privatización de Eletrobras en 2022, mantiene sus operaciones en cumplimiento con la legislación, las licencias ambientales y las disposiciones de los organismos reguladores. La empresa informó haber invertido 56 millones de reales (aproximadamente 11 millones de dólares) en los últimos cuatro años en programas y actividades ambientales en la cuenca del río São Francisco.
También mencionó iniciativas que, según la empresa, van más allá de las obligaciones previstas en los permisos, como la capacitación de profesionales de la red educativa municipal en municipios de Alagoas, Sergipe, Bahía y Pernambuco, con un impacto indirecto en cerca de 12 mil estudiantes, y el Proyecto Lagos del São Francisco, que habría beneficiado a aproximadamente 2.600 personas con acciones de capacitación rural, recuperación de manantiales y bosques ribereños, y conservación del suelo.
Entre las acciones a largo plazo, la empresa destacó los Programas de Revitalización de los Recursos Hídricos de las cuencas de los ríos São Francisco y Parnaíba, previstos como parte del compromiso del proceso de privatización de Eletrobras. Según la empresa, se destinan 350 millones de reales al año (unos 68,75 millones de dólares), ajustados según el IPCA, durante diez años, a proyectos aprobados por el Estado brasileño a través del comité gestor del fondo.
AXIA afirmó que actúa como ejecutora de estas iniciativas y reiteró su compromiso con la «conservación, la seguridad hídrica, el uso sostenible de los recursos naturales y el desarrollo de las comunidades» en los territorios donde mantiene proyectos.
Además de AXIA, el reportaje buscó recabar la opinión de los demás organismos públicos, instituciones y empresas involucradas en la gestión, fiscalización y recuperación del Bajo São Francisco, respetando los principios del derecho a ser oído, la amplia participación y la transparencia periodística. Las respuestas muestran que hay coincidencias sobre la magnitud de los problemas que enfrenta el río, pero también diferencias en cuanto a sus causas, responsabilidades y formas de abordarlos.
El Comité de la Cuenca Hidrográfica del Río São Francisco (CBHSF) reconoció que las presas y los cambios en los caudales han modificado profundamente la dinámica del río, pero destacó que la situación actual también es resultado de otros factores, como la degradación ambiental, los cambios en el uso del suelo y los diferentes usos del agua. El Comité abogó por una mayor participación social en la gestión de los caudales, la recuperación ambiental y medidas que tomen en cuenta los procesos ecológicos del río.
En el caso de la Tierra Indígena Kariri-Xocó, la Agencia Peixe Vivo, entidad que desempeña funciones de agencia de cuenca del CBHSF, explicó su participación en la implementación del sistema de abastecimiento, afirmando que el proyecto fue motivado por problemas históricos de abastecimiento, calidad del agua y riesgos para la salud. La Secretaría Especial de Salud Indígena (SESAI), a través del Distrito Sanitario Especial Indígena de Alagoas y Sergipe (DSEI-AL/SE), informó que el nuevo sistema, inaugurado en 2023, resolvió los problemas históricos de abastecimiento y que el agua que se distribuye actualmente cumple con los estándares de potabilidad. El organismo también afirmó que, hasta el momento, no hay elementos técnicos que establezcan una relación causal entre el agua distribuida por el sistema y posibles problemas de salud.
En el ámbito ambiental, el Instituto del Medio Ambiente de Alagoas (IMA-AL) señaló existen múltiples presiones sobre el Bajo São Francisco, entre ellas la degradación de la vegetación, las ocupaciones irregulares, el vertido de residuos, el vertido de efluentes y la erosión, además de informar sobre medidas de fiscalización y recuperación. El Instituto Chico Mendes de Conservación de la Biodiversidad (ICMBio) también reconoció cambios ambientales significativos asociados con la construcción y operación de proyectos hidroeléctricos, incluyendo cambios en el régimen de caudales e impactos sobre los hábitats y las especies acuáticas. Sin embargo, el instituto destacó que, en muchos casos, los efectos actuales no pueden atribuirse a un solo proyecto, sino al conjunto de intervenciones acumuladas a lo largo de décadas.
En cuanto a la Central Hidroeléctrica (UHE) de Xingó, el Instituto Brasileño del Medio Ambiente y de los Recursos Naturales Renovables (Ibama), responsable de la autorización ambiental federal, informó que la central es supervisada regularmente por equipos técnicos y que su licencia de operación se encuentra en proceso de renovación.
En cuanto al Proyecto de Integración del Río São Francisco (PISF), el Ministerio de Integración y Desarrollo Regional (MIDR) afirmó que los impactos reportados no pueden asociarse al proyecto y atribuyó los cambios a una combinación de intervenciones históricas, especialmente la regulación de los caudales por parte de las centrales hidroeléctricas y las sequías prolongadas. El ministerio también reconoció que los estudios ambientales realizados a principios de la década de 2000 ya no son suficientes para reflejar toda la dinámica actual del Bajo São Francisco.
El Ministerio de Medio Ambiente y Cambio Climático (MMA) destacó la necesidad de recuperar la funcionalidad de los ecosistemas, mejorar la calidad del agua, restaurar la vegetación y las áreas degradadas, combatir los procesos de erosión y fortalecer el monitoreo ambiental, tomando en cuenta también los conocimientos de los pueblos indígenas y las comunidades tradicionales. Por su parte, el Operador Nacional del Sistema Eléctrico (ONS) afirmó que los embalses de las centrales hidroeléctricas se operan de acuerdo con las normas de la Agencia Nacional de Aguas y Saneamiento Básico (ANA) y las directrices del Sistema Interconectado Nacional (SIN), teniendo en cuenta la seguridad energética y los usos múltiples del agua.
Se contactó a la ANA, pero informó que no haría declaraciones. También se contactó, sin obtener respuesta al cierre de esta edición, al Ayuntamiento de Porto Real do Colégio, a la Secretaría de Estado del Medio Ambiente y de los Recursos Hídricos de Alagoas (Semarh-AL), al Ministerio de Pueblos Indígenas (MPI) y a la Fundación Nacional de Pueblos Indígenas (Funai). Tan pronto como se reciban nuevas declaraciones, se actualizará este reportaje.
El río visto desde el espacio
Mientras José Daniel Bastos observaba la evolución de los caudales a través de series históricas, la investigadora Larissa Rayanny dos Santos, del Centro de Monitoreo de Alerta y Alarma de la Defensa Civil de Bahía (CEMADEC/BA) y también participante del programa de ecología cuantitativa de Serrapilheira, centró su atención en otro conjunto de evidencias: las imágenes satelitales. Al comparar registros recopilados a lo largo de más de cinco décadas, encontró una transformación gradual del paisaje precisamente en el tramo del río São Francisco donde viven los kariri-xocó.
La secuencia comienza el 31 de diciembre de 1969, con la imagen más antigua disponible, producida por el Servicio Geológico de los Estados Unidos.

A continuación se muestran registros de 1985, obtenidos por el programa europeo Copernicus.

Luego vienen imágenes de mayor resolución tomadas en 2008, 2012, 2014, 2016 y 2025. La lectura cronológica permite observar cambios que difícilmente se percibirían durante visitas aisladas al territorio. Hasta 2012, período que coincide con el final de la fase de mayores caudales identificada en los análisis hidrológicos, predominaba un cauce más continuo, con mayor superficie de agua y menor exposición de bancos arenosos.

A partir de 2014, poco después de la principal ruptura identificada en las series temporales, comienzan a surgir cambios más evidentes. Los bancos de arena quedan más expuestos, algunos canales secundarios se estrechan y el área ocupada por el agua disminuye gradualmente.

En 2016, período que corresponde a la fase de mayor reducción de los caudales, estos cambios se vuelven aún más pronunciados. Se observa una expansión de las áreas sedimentarias expuestas, una mayor fragmentación del canal principal y una reducción significativa de la anchura del espejo de agua.

Las imágenes más recientes, tomadas en 2025, muestran que parte de estos cambios sigue presente en el paisaje.

Según la investigadora Larissa Rayanny, aunque factores como la estacionalidad, el régimen de lluvias y la disponibilidad de sedimentos también influyen en la configuración del río, la reducción significativa del caudal a lo largo de los años coincide con los cambios observados en las imágenes. La relación entre ambos factores indica que la disminución del volumen de agua contribuyó a transformar el paisaje del río São Francisco en ese tramo.
En otras palabras, lo que registran los satélites ayuda a explicar por qué los entrevistados describen un río profundamente diferente al que conocieron las generaciones anteriores.
Un río sin nutrientes
Durante la visita a la Tierra Indígena Kariri-Xocó, un detalle aparecía repetidamente en los relatos de los habitantes más antiguos. Muchos recordaban que, hace décadas, el Opará tenía un agua más oscura, rica en sedimentos. Hoy, dicen, el río parece transparente.
A primera vista, el cambio podría sugerir una mejora en la calidad del agua. Sin embargo, para la abogada e investigadora Jane Tereza Fonseca, ocurre precisamente lo contrario. Según ella, quien lideró la batalla legal de los exhabitantes de la aldea de Cabeço, en Sergipe (una comunidad de pescadores que desapareció a finales de la década de 1990 tras el avance del mar), el cambio de color del río es una de las señales más evidentes de que su funcionamiento natural se ha visto profundamente alterado. “Cuando, por ejemplo, en 1994, la Compañía Hidroeléctrica del São Francisco (CHESF) inició el proceso de llenado del lago de Xingó, comenzaron a sentir el efecto de ello. Esto no ocurrió necesariamente en 1994, sino cuando se completó el cierre del lago más adelante”, explica.

Para Fonseca, es precisamente esa agua aparentemente más limpia la que desencadena una serie de impactos ecológicos que a menudo pasan desapercibidos para quienes solo observan la superficie del río. «Cuando analizas la historia del color del agua, esto es mucho más profundo, porque tiene que ver con la temporada de desove, tiene que ver con el proceso mismo que permite a los peces mantenerse con vida».
La piracema es el período en el que los peces migran río arriba para reproducirse, contra la corriente; depende de la combinación entre el caudal, la velocidad del agua, el transporte de sedimentos y la conectividad entre el cauce principal y las lagunas marginales. Ella explica que el agua excesivamente transparente facilita la acción de los depredadores. «Cuando el agua está mucho más clara, los peces se convierten en presas mucho más fáciles». Al mismo tiempo, según Fonseca, la retención de sedimentos modifica la propia energía del río.
A lo largo de este proceso, las riberas se vuelven más inestables. «Las laderas se van desmoronando », señala, y recuerda que este fenómeno puede observarse en diferentes tramos del Bajo São Francisco, incluso en las cercanías de la Tierra Indígena Kariri-Xocó. Las observaciones de Fonseca concuerdan directamente con los resultados presentados por los investigadores José Daniel Bastos y Larissa Rayanny. Mientras que los análisis hidrológicos identifican una reducción significativa de los caudales y las imágenes satelitales registran la reorganización de los bancos de arena y del cauce del río, Fonseca describe los mecanismos ecológicos que ayudan a explicar estas transformaciones.
Años después, ella afirma que la situación se ha agravado. «Los daños ambientales han alcanzado proporciones inimaginables». Según Fonseca, la sedimentación sigue avanzando, hay un aumento de la presencia de macrófitas —plantas que viven en ambientes acuáticos o muy húmedos— y la calidad del agua destinada al consumo humano se ve cada vez más comprometida, especialmente tras la adopción de caudales reducidos. “Otra perspectiva que tenemos, al comparar la dinámica actual del río con la del período de la destrucción del Cabeço, es que el río se ha normalizado con un caudal bajo, lo que compromete no solo la cantidad, sino de manera decisiva la calidad del agua”, explica.
En opinión de la investigadora, la consecuencia no es solo ambiental. Afecta toda la relación que se ha construido entre las poblaciones tradicionales y el río São Francisco. «El río ya no es el mismo», señala.
Cuando el río pierde su fuerza
Para Fonseca, comprender la crisis del Bajo São Francisco también exige abandonar la idea de que el río puede analizarse únicamente por la cantidad de agua que corre por su cauce. Según ella, un río es el resultado de la interacción permanente entre el agua, los sedimentos, la vegetación, los peces, los microorganismos, las riberas y las comunidades humanas. Cuando uno de estos elementos deja de funcionar, todos los demás comienzan a responder a ese cambio.
Es precisamente eso lo que, en opinión de la investigadora, ocurrió en el tramo inferior del río São Francisco tras la implementación del sistema de presas. «El río empieza a funcionar de otra manera». Ella explica que la construcción de presas modifica no solo el volumen de agua, sino también su capacidad para transportar sedimentos. «Cuando retienes esas partículas en el embalse, cambias por completo la dinámica del río».
Estos sedimentos, fundamentales para el mantenimiento de los ecosistemas acuáticos, dejan de llegar al Bajo São Francisco. El resultado es un agua más pobre en nutrientes y con mayor capacidad erosiva. «El agua sale lisa, ligera, erosionada», señala. Este cambio desencadena una secuencia de transformaciones que se observan a lo largo de todo el curso del río: «las riberas comienzan a desmoronarse, surgen nuevos remansos, el río va buscando otros caminos».
Según Fonseca, se trata de un proceso continuo de reorganización del paisaje fluvial, en el que las riberas se desgastan, surgen bancos de arena en lugares antes ocupados por el agua y los antiguos canales dejan de cumplir la misma función. Estas observaciones concuerdan directamente con los análisis de imágenes satelitales realizados por Larissa Rayanny. Al comparar registros producidos entre 1969 y 2025, la investigadora identificó un aumento en la exposición de bancos de arena, el estrechamiento de canales secundarios, la reducción de la superficie del agua y cambios en la configuración de las islas fluviales, especialmente después de 2013.
El equipo no se basó en un solo indicador. Se analizaron de manera complementaria series históricas de caudales, pruebas estadísticas, monitoreo por satélite y observaciones de campo. Este enfoque permite reducir las interpretaciones basadas en un único conjunto de datos y comprender las transformaciones del río desde diferentes perspectivas. También coinciden con los análisis hidrológicos realizados por José Daniel Bastos, que identificaron una ruptura estadísticamente significativa en la serie histórica de caudales precisamente a partir de ese período.
Sin embargo, en opinión de Fonseca, tal vez el efecto más preocupante sea aquel que no se nota de inmediato en el paisaje. «Cuando alteras la dinámica del río, también alteras toda la cadena ecológica», explica. Ella cita como ejemplo la reproducción de los peces. Cuando estos procesos dejan de ocurrir de manera natural, diferentes especies enfrentan dificultades para completar sus ciclos reproductivos. «La historia del color del agua es mucho más profunda; involucra el desove y la supervivencia de los peces», recuerda.
Según la investigadora, la propia transparencia del agua genera nuevos impactos ecológicos. En ambientes naturalmente más turbios, muchas especies encuentran condiciones adecuadas para alimentarse, reproducirse y protegerse de los depredadores. Cuando esa turbidez desaparece, toda la dinámica ecológica también se modifica. «Los peces se vuelven mucho más vulnerables», argumenta. Estos cambios ayudan a explicar por qué diferentes comunidades tradicionales han comenzado a reportar, a lo largo de las últimas décadas, una disminución de la pesca, cambios en la composición de las especies y transformaciones en el comportamiento del río.
En la Tierra Indígena Kariri-Xocó, estos relatos surgieron de diferentes formas a lo largo de esta investigación: Dé y Dete, por ejemplo, relacionaron la transformación del río con la creciente dificultad para encontrar la arcilla que utilizan las alfareras. Para Fonseca, estos episodios no representan problemas independientes, sino que todos forman parte de la misma alteración ecológica. «El río responde como un sistema», recuerda. Es precisamente por eso que, según ella, recuperar el Bajo São Francisco no significa solo aumentar el caudal o plantar árboles, sino restablecer los procesos ecológicos que permiten que el río vuelva a desempeñar sus funciones naturales.
Las comunidades trabajan por la preservación para garantizar el futuro del Opará
Teniendo en cuenta toda esta situación, las comunidades están trabajando por la preservación ambiental y el futuro del Bajo São Francisco. En el territorio de los kariri-xocó, por ejemplo, después de años de acompañar la vida cotidiana de la comunidad y de elaborar, junto con los propios kariri-xocó, un plan estratégico para la Asociación Centro de Cultura Sabuká, Verena Barros Hauschild se dio cuenta de que diferentes demandas apuntaban hacia un mismo lugar: el territorio. Las discusiones giraban en torno a la recuperación de la Caatinga, la protección de los manantiales, la generación de ingresos, el fortalecimiento de las alfarerías, la permanencia de los jóvenes en la aldea y la valorización de los conocimientos tradicionales. “Cuando elaboramos este plan, dos cosas se destacan con mucha fuerza. La primera es la elaboración de cerámica. La segunda es la restauración de la Caatinga. Y, para nosotros, parecía que eran temas diferentes. Luego entendimos que se trataba exactamente del mismo debate”, recuerda.



De ese proceso de escucha y planeación colectiva surgió el Proyecto Tinga Resistencia, concebido no solo como una iniciativa de restauración ecológica, sino como una estrategia de fortalecimiento territorial impulsada por los propios Kariri-Xocó. Para Verena, esta iniciativa debía partir de las prioridades de la propia comunidad, y no de soluciones elaboradas desde afuera. “No servía de nada llegar con un proyecto ya listo. Nuestro papel era crear las condiciones para que las ideas de la propia comunidad cobraran fuerza». Así, el proyecto pasó a combinar la restauración ecológica, la gobernanza territorial, los conocimientos tradicionales y la participación comunitaria. Entre los objetivos se encuentran la restauración de 37 hectáreas, la instalación de 70 equipos para la retención del agua de lluvia y la capacitación de 40 agentes ambientales.



Entre los jóvenes que participan se encuentra Içam Kariri-Xocó, de 21 años. Él colabora en la recuperación de la Caatinga, la protección de los manantiales y el fortalecimiento de las prácticas tradicionales de manejo del territorio. Para él, la participación de los jóvenes demuestra que la preservación también es una forma de mantener viva la cultura kariri-xocó. «Como joven de mi comunidad, me da mucha alegría ver que no solo yo, sino también mis hermanos, que son jóvenes, estamos firmes y decididos a preservar nuestro bosque y a mantener viva nuestra cultura en él», destaca.
Al recorrer las áreas restauradas, Içam muestra cómo este trabajo combina técnicas de conservación del agua y conocimientos tradicionales. Las llamadas «medias lunas», por ejemplo, ayudan a retener el agua de lluvia y a alimentar a las plantas durante los períodos sin precipitaciones. Para él, preservar el bosque también significa proteger las prácticas culturales y espirituales transmitidas de generación en generación.

Pero la recuperación del territorio también pasa por la forma en que la comunidad cuenta su propia historia. Kayã Kariri-Xocó, de 21 años, hijo del chamán Pawanã, forma parte del Centro Cultural Sabuká y coordina actividades dirigidas a la juventud de la aldea. Para él, la cercanía a la ciudad también plantea desafíos para la preservación cultural. «La influencia de los no indígenas está siendo muy grande». Entre las estrategias para acercar a los jóvenes a la cultura, se encuentran acciones de recuperación de la Caatinga, la agrosilvicultura, la educación ambiental y la reforestación. «Nuestro objetivo es atraer a estos jóvenes hacia la cultura». Al mismo tiempo, a Kayã le preocupa el alejamiento de parte de la juventud: «Veo que muchos ya se están yendo. A veces hasta les da vergüenza decir que son indígenas».
Al recordar su infancia, compara el río de hoy con el que le contaron los mayores: «No llegué a conocer el río como era antes. Dicen que era muy bonito, mucho más grande, y que llegaba hasta la entrada de la aldea». Hoy en día, la contaminación es una de sus preocupaciones: «El problema de la contaminación es muy grave en nuestro río», explica.


Esta relación entre identidad y territorio también se refleja en las palabras de Karu Kariri-Xocó, de 19 años. Ante las preguntas sobre qué significa ser indígena y vivir cerca de la ciudad, afirma: «Lo indígena no está en la ropa. Lo indígena está en nuestra sangre». Y, al hablar del Opará: «El río me duele mucho. Hoy me duele mucho ver a la gente tirando basura al río». Para Anami, la defensa del río es también la defensa de la propia historia: «Cuando hablamos del río, también estamos hablando de nuestra historia».
Midzé Kariri-Xocó, de 21 años, trabaja como fotógrafo y productor audiovisual en el Centro de Cultura. Captura el día a día de la comunidad, documenta sus actividades culturales y utiliza la fotografía, el video e Internet para llevar esa experiencia más allá de la aldea. “Llevo esta cultura a los blancos y también a mi comunidad. Si ellos no pueden venir, podemos mostrársela tanto a ellos como a los blancos que nos aprecian”, enfatiza.
En opinión de Midzé, estas herramientas no sustituyen los conocimientos tradicionales, pero se han convertido en parte de la lucha indígena. «Como dice nuestro chamán, mostramos nuestra cultura a través de la flecha digital». A través de ellas, dice, quienes no pueden estar presentes pueden conocer la cultura y la fuerza del pueblo Kariri-Xocó. Cuando se le pregunta qué significa nacer kariri-xocó, responde: «Es un regalo. Estoy muy orgulloso de ser kariri-xocó». Y, al volver a hablar del Opará, resume la importancia que el río tiene para su pueblo: «No hay kariri-xocó sin el río San Francisco», concluye.

Este proyecto es resultado de una colaboración entre periodistas y científicos latinoamericanos, impulsada por el Instituto Serrapilheira de Brasil y el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP), para explorar el ciclo del agua Atlántico – Amazonia – Andes y las disrupciones en los servicios ambientales que éste proporciona al continente.
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